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Erwin Eulner- El Don del Espíritu

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Erwin Eulner- El Don del Espíritu

Mensaje por Admin el Mar Jun 01, 2010 9:16 am

El Don del Espíritu.-
“Cuando Cristo dio a sus discípulos la promesa del Espíritu, se estaba acercando al fin de su ministerio terrenal. Estaba a la sombra de la cruz, con una comprensión plena de la carga de culpa que estaba por descansar sobre él como portador del pecado. Antes de ofrecerse a sí mismo como víctima destinada al sacrificio, instruyó a sus discípulos en cuanto a la dádiva más esencial y completa que iba a conceder a sus seguidores: el don que iba a poner al alcance de ellos los recursos inagotables de su gracia. "Y yo rogaré al Padre -dijo él- y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: al Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce: mas vosotros le conocéis; porque está con vosotros, y será en vosotros". (Juan 14:16-17). El Salvador estaba señalando adelante al tiempo cuando el Espíritu Santo vendría para realizar una obra poderosa como su represen-tante. El mal que se había estado acumulando durante siglos, habría de ser resistido por el divino poder del Espíritu Santo.
¿Cuál fue el resultado del derramamiento del Espíritu en el día de Pentecostés? Las alegres nuevas de un Salvador resucitado fueron llevadas a las más alejadas par-tes del mundo habitado. Mientras los discípulos proclamaban el mensaje de la gra-cia redentora, los corazones se entregaban al poder de su mensaje. La iglesia veía afluir a ella conversos de todas direcciones. Los apóstatas se reconvertían. Los pe-cadores se unían con los creyentes en busca de la perla de gran precio. Algunos de los que habían sido los más enconados oponentes del Evangelio, llegaron a ser sus campeones. Se cumplió la profecía: "El que entre ellos fuere flaco, ... será como Da-vid: y la casa de David ... como el ángel de Jehová". (Zac. 12:8). Cada cristiano veía en su hermano una revelación del amor y la benevolencia divinos. Un solo interés prevalecía, un solo objeto de emulación hacía olvidar todos los demás. La ambición de los creyentes era revelar la semejanza del carácter de Cristo, y trabajar para el engrandecimiento de su reino.
"Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran es-fuerzo; y gran gracia era en todos ellos". (Hechos 4:33). Gracias a estas labores fueron añadidos a la iglesia hombres escogidos que, al recibir la palabra de verdad, con-sagraron sus vidas al trabajo de dar a otros la esperanza que llenaba sus corazones de paz y gozo. No podían ser refrenados ni intimidados por amenazas. El Señor hablaba por su medio, y mientras iban de un lugar a otro, predicaban el Evangelio a los pobres, y se efectuaban milagros de la gracia divina.
Tal es el poder con que Dios puede obrar cuando los hombres se entregan al dominio de su Espíritu.
La promesa del Espíritu Santo no se limita a ninguna edad ni raza. Cristo declaró que la influencia divina de su Espíritu estaría con sus seguidores hasta el fin. Desde el día de Pentecostés hasta ahora, el Consolador ha sido enviado a todos los que se han entregado plenamente al Señor y a su servicio. A todo el que ha aceptado a Cristo como Salvador personal, el Espíritu Santo ha venido como consejero, santifica-dor, guía y testigo. Cuanto más cerca de Dios han andado los creyentes, más clara y poderosamente han testificado del amor de su Redentor y de su gracia salvadora. Los hombres y mujeres que a través de largos siglos de persecución y prueba gozaron de una gran medida de la presencia del Espíritu en sus vidas, se destacaron como señales y prodigios en el mundo. Revelaron ante los ángeles y los hombres el poder transformador del amor redentor.
Aquellos que en Pentecostés fueron dotados con el poder de lo alto, no queda-ron desde entonces libres de tentación y prueba. Como testigos de la verdad y la justicia, eran repetidas veces asaltados por el enemigo de toda verdad, que trataba de despojarlos de su experiencia cristiana. Estaban obligados a luchar con todas las facultades dadas por Dios para alcanzar la medida de la estatura de hombres y mu-jeres en Cristo Jesús. Oraban diariamente en procura de nuevas provisiones de gracia para poder elevarse más y más hacia la perfección. Bajo la obra del Espíritu Santo, aún los más débiles, ejerciendo fe en Dios, aprendían a desarrollar las facultades que les habían sido confiadas y llegaron a ser santificados, refinados y ennoblecidos. Mientras se sometían con humildad a la influencia modeladora del Espíritu Santo, re-cibían de la plenitud de la Deidad y eran amoldados a la semejanza divina.
El transcurso del tiempo no ha cambiado en nada la promesa de despedida de Cristo de enviar el Espíritu Santo como su representante. No es por causa de alguna restricción de parte de Dios por lo que las riquezas de su gracia no fluyen a los hom-bres sobre la tierra. Si la promesa no se cumple como debiera, se debe a que no es apreciada debidamente. Si todos lo quisieran, todos serían llenados del Espíritu. Don-dequiera la necesidad del Espíritu Santo sea un asunto en el cual se piense poco, se ve sequía espiritual, obscuridad espiritual, decadencia y muerte espirituales. Cuan-doquiera los asuntos menores ocupen la atención, el poder divino que se necesita para el crecimiento y la prosperidad de la iglesia, y que traería todas las demás bendiciones en su estela, falta, aunque se ofrece en infinita plenitud.
Puesto que éste es el medio por el cual hemos de recibir poder, ¿por qué no te-ner más hambre y sed del don del Espíritu? ¿Por qué no hablamos de él, oramos por él y predicamos respecto a él? El Señor está más dispuesto a dar el Espíritu Santo a los que le sirven, que los padres a dar buenas dádivas a sus hijos. Cada obrero debiera elevar su petición a Dios por el bautismo diario del Espíritu. Debieran reunirse grupos de obreros cristianos para solicitar ayuda especial y sabiduría celestial para hacer planes y ejecutarlos sabiamente. Debieran orar especialmente porque Dios bautice a sus embajadores escogidos en los campos misioneros con una rica medida de su Espíritu. La presencia del Espíritu en los obreros de Dios dará a la proclamación de la verdad un poder que todo el honor y la gloria del mundo no podrían conferirle.
El Espíritu Santo mora con el obrero consagrado de Dios dondequiera que esté. Las palabras habladas a los discípulos son también para nosotros. El Consolador es tanto nuestro como de ellos. El Espíritu provee la fuerza que sostiene en toda emer-gencia a las almas que luchan y batallan en medio del odio del mundo y de la comprensión de sus propios fracasos y errores. En la tristeza y la aflicción, cuando la perspectiva parece obscura y el futuro perturbador, y nos sentimos desamparados y solos: éstas son las veces cuando, en respuesta a la oración de fe, el Espíritu Santo proporciona consuelo al corazón.
No es una evidencia concluyente de que un hombre sea cristiano el que mani-fieste éxtasis espiritual en circunstancias extraordinarias. La santidad no es arroba-miento: es una entrega completa de la voluntad a Dios; es vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios; es hacer la voluntad de nuestro Padre celestial; es confiar en Dios en las pruebas y en la obscuridad tanto como en la luz; es caminar por fe y no por vista; confiar en Dios sin vacilación y descansar en su amor.
No es esencial para nosotros ser capaces de definir con precisión qué es el Espí-ritu Santo. Cristo nos dice que el Espíritu es el Consolador, "el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre." (Juan 15:26). Se asevera claramente tocante al Espíritu Santo, que en su obra de guiar a los hombres a toda verdad, "no hablará de sí mis-mo". (Juan 16:13).
La naturaleza del Espíritu Santo es un misterio. Los hombres no pueden explicarla, porque el Señor no se la ha revelado. Los hombres de conceptos fantásticos pueden reunir pasajes de las Escrituras y darles interpretación humana; pero la aceptación de esos conceptos no fortalecerá a la iglesia. En cuanto a estos misterios, demasiado profundos para el entendimiento humano, el silencio es oro.
El oficio del Espíritu Santo se especifica claramente en las palabras de Cristo: "Cuan-do él viniere redargüirá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio". (Juan 16:8). Es el Espíritu Santo el que convence de pecado. Si el pecador responde a la influencia vivificadora del Espíritu, será inducido a arrepentirse y a comprender la importancia de obedecer los requerimientos divinos.
Al pecador arrepentido, que tiene hambre y sed de justicia, el Espíritu Santo le revela el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. "Tomará de lo mío, y os lo hará saber", dijo Cristo. "El os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho". (Juan 16:14; 14:26).
El Espíritu Santo se da como agente regenerador, para hacer efectiva la salva-ción obrada por la muerte de nuestro Redentor. El Espíritu Santo está tratando cons-tantemente de llamar la atención de los hombres a la gran ofrenda hecha en la cruz del Calvario, de exponer al mundo el amor de Dios, y abrir al alma arrepentida las cosas preciosas de las Escrituras.
Después de convencer de pecado, y de presentar ante la mente la norma de justicia, el Espíritu santo quita los afectos de las cosas de esta tierra, y llena el alma con un deseo de santidad. "El os guiará a toda verdad" (Juan 16:13), declaró el Sal-vador. Si los hombres están dispuestos a ser amoldados, se efectuará la santificación de todo el ser. El Espíritu tomará las cosas de Dios y las imprimirá en el alma. Mediante su poder, el camino de la vida será hecho tan claro que nadie necesite errar.
Desde el principio Dios ha estado obrando por su Espíritu Santo mediante ins-trumentos humanos para el cumplimiento de su propósito en favor de la raza caída. Esto se manifestó en la vida de los patriarcas. A la iglesia del desierto también, en los días de Moisés, Dios le dio su "espíritu para enseñarlos." (Neh. 9:20). Y en los días de los apóstoles obró poderosamente en favor de su iglesia por medio del Espíritu Santo. El mismo poder que sostuvo a los patriarcas, que dio fe y ánimo a Caleb y Josué, y que hizo eficaz la obra de la iglesia apostólica, sostuvo a los fieles hijos de Dios en cada siglo sucesivo. Fue el poder del Espíritu Santo lo que durante la época del oscuran-tismo permitió a los cristianos valdenses contribuir a la preparación del terreno para la Reforma. Fue el mismo poder lo que hizo eficaces los esfuerzos de muchos nobles hombres y mujeres que abrieron el camino para el establecimiento de las misiones modernas, y para la traducción de la Biblia a los idiomas y dialectos de todas las na-ciones y pueblos.
Y hoy, Dios sigue usando su iglesia para dar a conocer su propósito en la tierra. Hoy los heraldos de la cruz van de ciudad en ciudad, y de país en país para preparar el camino para la segunda venida de Cristo. Se exalta la norma de la ley de Dios. El Espíritu del Todopoderoso conmueve el corazón de los hombres, y los que responden a su influencia llegan a ser testigos de Dios y de su verdad. Pueden verse en muchos lugares hombres y mujeres consagrados comunicando a otros la luz que les aclaró el camino de la salvación por Cristo. Y mientras continúan haciendo brillar su luz, como aquellos que fueron bautizados con el Espíritu en el día de Pentecostés, reciben más y aun más del poder del Espíritu. Así la tierra ha de ser iluminada con la gloria de Dios.
Por otra parte, hay algunos que, en lugar de aprovechar sabiamente las opor-tunidades presentes, están esperando ociosamente que alguna ocasión especial de refrigerio espiritual aumente grandemente su capacidad de iluminar a otros. Descui-dan sus deberes y privilegios actuales y permiten que su luz se empañe a la espera de un tiempo futuro en el cual, sin ningún esfuerzo de su parte, sean hechos los reci-pientes de bendiciones especiales que los transformen y capaciten para servir.
Es cierto que en el tiempo del fin, cuando la obra de Dios en la tierra esté por terminar, los fervientes esfuerzos realizados por los consagrados creyentes bajo la di-rección del Espíritu Santo irán acompañados por manifestaciones especiales del fa-vor divino. Bajo la figura de la lluvia temprana y tardía que cae en los países orienta-les al tiempo de la siembra y la cosecha, los profetas hebreos predijeron el derra-mamiento de la gracia espiritual en una medida extraordinaria sobre la iglesia de Dios. El derramamiento del Espíritu en los días de los apóstoles fue el comienzo de la lluvia temprana, y gloriosos fueron los resultados. Hasta el fin del tiempo, la presencia del Espíritu ha de morar con la iglesia fiel.
Pero acerca del fin de la siega de la tierra, se promete una concesión especial de gracia espiritual, para preparar a la iglesia para la venida del Hijo del hombre. Es-te derramamiento del Espíritu se compara con la caída de la lluvia tardía; y en pro-cura de este poder adicional, los cristianos han de elevar sus peticiones al Señor de la mies "en la sazón tardía". (Zac. 10:1). En respuesta, "Jehová hará relámpagos, y os dará lluvia abundante". "Hará descender sobre vosotros lluvia temprana y tardía". (Joel 2:23).
Pero a menos que los miembros de la iglesia de Dios hoy tengan una relación viva con la fuente de todo crecimiento espiritual, no estarán listos para el tiempo de la siega. A menos que mantengan sus lámparas aparejadas y ardiendo, no recibirán la gracia adicional en tiempo de necesidad especial.
Únicamente los que estén recibiendo constantemente nueva provisión de gracia, tendrán una fuerza proporcional a su necesidad diaria y a su capacidad de emple-arla. En vez de esperar algún tiempo futuro en que, mediante el otorgamiento de un poder espiritual especial, sean milagrosamente hechos idóneos para ganar almas, se entregan diariamente a Dios, para que los haga vasos dignos de ser empleados por él. Diariamente están aprovechando las oportunidades de servir que están a su al-cance. Diariamente están testificando por el Maestro dondequiera que estén, ora sea en alguna humilde esfera de trabajo o en el hogar, o en un ramo público de utilidad.
Para el obrero consagrado es una maravillosa fuente de consuelo el saber que aun Cristo durante su vida terrenal buscaba a su Padre diariamente en procura de nuevas provisiones de gracia necesaria; y de esta comunión con Dios salía para for-talecer y bendecir a otros. ¡Contemplad al Hijo de Dios postrado en oración ante su Padre! Aunque es el Hijo de Dios, fortalece su fe por la oración, y por la comunión con el cielo acumula en sí poder para resistir el mal y para ministrar las necesidades de los hombres. Como Hermano Mayor de nuestra especie, conoce las necesidades de aquellos que, rodeados de flaquezas y viviendo en un mundo de pecado y de tentación, desean todavía servir a Dios. Sabe que los mensajeros a quienes considera dignos de enviar son hombres débiles y expuestos a errar; pero a todos aquellos que se entregan enteramente a su servicio les promete ayuda divina. Su propio ejemplo es una garantía de que la súplica ferviente y perseverante a Dios con fe ­la fe que induce a depender enteramente de Dios y a consagrarse sin reservas a su obra­ podrá proporcionar a los hombres la ayuda del Espíritu Santo en la batalla contra el pecado.
Todo obrero que sigue el ejemplo de Cristo será preparado para recibir y usar el poder que Dios ha prometido a su iglesia para la maduración de la mies de la tierra. Mañana tras mañana, cuando los heraldos del Evangelio se arrodillan delante del Señor y renuevan sus votos de consagración, él les concede la presencia de su Espíri-tu con su poder vivificante y santificador. Y al salir para dedicarse a los deberes dia-rios, tienen la seguridad de que el agente invisible del Espíritu Santo los capacita para ser colaboradores juntamente con Dios”. Hechos de los Apóstoles:39-46.
“Mientras el pueblo de Dios persevere en su fidelidad, mientras se aferre me-diante fe viviente a Jesús, estará bajo la protección de los ángeles celestiales, y no se le permitirá a Satanás que aplique sus artes infernales sobre ellos para destruirlos. Pero los que se separen de Cristo por medio del pecado, estarán en gran peligro...
Satanás está más celosamente dedicado ahora a jugar el juego de la vida por las almas, que en todo otro momento anterior; y a menos que estemos constante-mente en guardia, pondrá en nuestros corazones orgullo, amor propio, amor al mundo y muchos otros malos rasgos de carácter. Empleará también toda artimaña posible para que vacile nuestra fe en Dios y en las verdades de su Palabra. Si no te-nemos una profunda experiencia en las cosas de Dios, si no tenemos un cabal co-nocimiento de su Palabra, seremos engañados para nuestra ruina por los errores y so-fismas del enemigo. Las falsas doctrinas minarán el fundamento de muchos, porque no habrán aprendido a distinguir entre la verdad y el error. Nuestra única salvaguar-dia contra los engaños de Satanás consiste en estudiar diligentemente las Escrituras, y comprender con inteligencia las razones de nuestra fe, cumpliendo cabalmente cada deber conocido. La complacencia de un solo pecado conocido nos debilitará y nos envolverá en tinieblas, sometiéndonos a terribles tentaciones...
¿Ascienden nuestras súplicas a Dios mediante la fe viviente? ¿Estamos abriendo las puertas del corazón a Jesús, al mismo tiempo que cerramos todas las entradas a Satanás? ¿Estamos obteniendo diariamente mayor luz y fortaleza, para que poda-mos perseverar en la justicia de Cristo? ¿Estamos vaciando nuestro corazón de todo egoísmo y purificándolo, como medida preparatoria para recibir la lluvia tardía del cielo?...
Debemos tratar de apartarnos del pecado, reposando en los méritos de la san-gre de Cristo; y entonces, en el día de la aflicción, cuando el enemigo nos oprima, caminaremos entre los ángeles. Serán como muro de fuego alrededor de nosotros; y un día caminaremos con ellos en la ciudad de Dios”. Maranata:93

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