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E.J. Waggoner- El Espíritu hace fácil la Salvación

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E.J. Waggoner- El Espíritu hace fácil la Salvación

Mensaje por Admin el Lun Mayo 31, 2010 7:19 am

El Espíritu hace fácil la Salvación






1. Manteneos, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos libertó, y nos os dejéis oprimir de nuevo bajo el yugo de esclavitud.



La relación entre el capítulo cuarto y el quinto es tan estrecha, que cuesta imaginar qué razón pudo llevar a dividir el texto en ese punto.



La libertad que da Cristo



Cuando Cristo fue manifestado en carne, su obra consistió en "publicar libertad a los cautivos, y a los presos abertura de la cárcel" (Isa. 61:1). Los milagros que realizó fueron ilustraciones prácticas de su obra, y bien podemos ahora considerar uno de los más llamativos.

"Un sábado enseñaba Jesús en una sinagoga. Y estaba allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía una enfermedad por causa de un espíritu. Andaba encorvada sin poder enderezarse. Cuando Jesús la vio, la llamó, y le dijo: 'Mujer, quedas libre de tu enfermedad'. Puso sus manos sobre ella, y al instante se enderezó, y alabó a Dios" (Luc. 13:10-13).

Cuando el hipócrita dirigente de la sinagoga se quejó porque Jesús había hecho ese milagro en sábado, Él le recordó cómo cada uno dejaba libre a su buey o su asno en sábado, a fin de que bebiesen, y añadió entonces:

"A esta hija de Abrahán, que hacía dieciocho años que Satanás la tenía atada, ¿no fue bueno desatarla de esta ligadura en sábado?" (verso 16).

Hay dos aspectos dignos de mención: Satanás tenía atada a la mujer, y ésta tenía "una enfermedad por causa de un espíritu" que la incapacitaba.

Observa qué descripción tan ajustada de nuestra condición, antes de encontrar a Cristo:

(1) Somos cautivos de Satanás, estamos "cautivos a voluntad de él" (2 Tim. 2:26). "Todo el que comete pecado, es esclavo del pecado" (Juan 8:34), y "el que practica el pecado es del diablo" (1 Juan 3:8). "Sus propias iniquidades atrapan al impío, y su propio pecado lo sujeta como un lazo" (Prov. 5:22). El pecado es la cadena con la que Satanás nos ata.

(2) Estamos enfermos "por causa de un espíritu", y no poseemos de ninguna manera la fuerza para enderezarnos, ni para liberarnos por nosotros mismos de las cadenas que nos atan. Es "cuando aún éramos débiles" que Cristo murió por nosotros (Rom. 5:6). El término que se traduce "débiles" en Romanos 5:6 es el mismo que en el relato de Lucas se traduce por "enfermedad". La mujer estaba enferma o debilitada, y esa es también nuestra condición.

¿Qué hace Jesús por nosotros? Toma la debilidad, y nos da a cambio su fortaleza. "No tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de simpatizar con nuestras debilidades" (Heb. 4:15). "Él mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias" (Mat. 8:17). Él se hizo todo lo que nosotros somos, a fin de que podamos ser hechos todo lo que Él es. Nació "bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley" (Gál. 4:4 y 5). Nos liberó de la maldición, haciéndose maldición por nosotros, a fin de que pudiésemos recibir la bendición. Aunque no conoció pecado, fue hecho pecado por nosotros, "para que nosotros seamos hechos justicia de Dios en él" (2 Cor. 5:21).

¿Para qué libró Jesús a esa mujer de su enfermedad? Para hacerla caminar en libertad. No fue ciertamente para que continuase haciendo, por su propia y libre voluntad, las mismas cosas que anteriormente tenía que hacer por obligación, cuando estaba en su estado de penosa esclavitud. ¿Con qué finalidad nos libra del pecado? A fin de que podamos vivir libres de pecado. Debido a la debilidad de nuestra carne, somos incapaces de obrar la justicia de la ley. Por lo tanto, Cristo, que vino en la carne, y que tiene poder sobre la carne, nos fortalece. Nos proporciona su poderoso Espíritu a fin de que la justicia de la ley pueda cumplirse en nosotros. En Cristo no andamos en la carne, sino en el Espíritu. No podemos saber la forma en que lo hace. Sólo Él lo sabe, puesto que Él es quien posee el poder. Pero nosotros podemos conocer su realidad.

Cuando estaba aún encadenada y sin fuerzas para enderezarse, Jesús dijo a la enferma: "Mujer, quedas libre de tu enfermedad". Es un tiempo verbal presente. Eso es lo que nos dice a nosotros. Proclama libertad a todo cautivo.

La mujer "andaba encorvada sin poder enderezarse", sin embargo, se enderezó al instante ante la palabra de Cristo. Hizo lo que "no podía" hacer. "Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios" (Luc. 18:27). "El Eterno sostiene a todos los que caen, y levanta a todos los oprimidos" (Sal. 145:14). No es que la fe produzca los hechos, sino que reconoce lo que es ya un hecho. No hay ni siquiera una sola alma encorvada bajo el peso del pecado con el que Satanás la haya encadenado, que Cristo no sostenga y enderece. La libertad le pertenece. Simplemente, tiene que hacer uso de ella. Que el mensaje resuene por doquier. Que toda alma sepa que Cristo ha dado libertad a los cautivos. La buena nueva llenará de gozo a millares.

Cristo vino a restaurar lo que se había perdido. Nos redime de la maldición. Nos ha redimido. Por lo tanto, la libertad con que nos hace libres es aquella que existía antes de que viniese la maldición. Al hombre se le dio señorío sobre la tierra. No meramente al primer hombre creado, sino a toda la humanidad. "El día que Dios creó al hombre, lo hizo a semejanza de Dios. Los creó hombre y mujer. El día en que fueron creados, los bendijo y los llamó 'Adán' ", que significa género humano (Gén. 5:1 y 2). "Dijo Dios: '¡Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza! ¡Y domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre el ganado y sobre todo animal que se arrastra sobre la tierra!' Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó. Hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios. Les dijo: 'Fructificad y multiplicaos. Llenad la tierra y gobernadla. Dominad los peces del mar, las aves del cielo, y todas las bestias que se mueven sobre la tierra' " (Gén . 1:26-28). Vemos que se dio el dominio a todo ser humano, varón o hembra.

Cuando Dios hizo al hombre, "le sometió [bajo sus pies] todas las cosas" (Heb. 2:8). Es cierto que ahora no vemos que todas las cosas estén sometidas al hombre, "pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios experimentase la muerte en provecho de todos" (verso 9). Jesús redime a todo hombre de la maldición del dominio perdido. Una corona implica un reino, y la corona de Cristo es la misma que se dio al hombre, cuando Dios le encomendó señorear sobre la obra de sus manos. Como hombre, estando en la carne, tras haber resucitado y estando a punto de ascender, Cristo declaró: "Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id" (Mat. 28:18 y 19). En Él nos es dado todo el poder que se perdió por el pecado.

Cristo –como hombre– gustó la muerte por nosotros, y mediante la cruz nos redimió de la maldición. Si estamos crucificados con Él, estamos igualmente resucitados y sentados con Él en los lugares celestiales, con todas las cosas bajo nuestros pies. Si no sabemos esto, es porque no hemos permitido al Espíritu que nos lo revele. Los ojos de nuestro corazón tienen que ser iluminados por el Espíritu, "para que conozcáis la esperanza a que fuisteis llamados, la riqueza de su gloriosa herencia en los santos" (Efe. 1:18).

La exhortación a quienes han muerto y resucitado con Cristo, es: "No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, para obedecer a sus malos deseos" (Rom. 6:12). En Cristo, tenemos autoridad sobre el pecado, de forma que no tenga ningún dominio sobre nosotros.

Cuando "nos liberó de nuestros pecados con su sangre", "hizo de nosotros un reino, sacerdotes para su Dios y Padre" (Apoc. 1:5 y 6). ¡Glorioso dominio! ¡Gloriosa libertad! ¡Liberación del poder de la maldición, incluso estando rodeados de ella! ¡Liberación del presente siglo malo, de la concupiscencia de la carne, de la concupiscencia de los ojos, y de la soberbia de la vida! Ni el "príncipe de la potestad del aire" (Efe. 2:2), ni los "dominadores de este mundo de tinieblas" (6:12) pueden tener dominio alguno sobre nosotros. Se trata de la libertad y autoridad que tuvo Cristo cuando ordenó: "Vete, Satanás" (Mat. 4:10). Y el diablo le dejó inmediatamente.

Es una libertad tal, que nada en el cielo ni en la tierra nos puede obligar a proceder en contra de nuestra elección. Dios nunca nos obligará, pues es quien nos da la libertad. Y ningún otro fuera de Él puede obligarnos. Se trata de un poder sobre los elementos, de manera que sean puestos a nuestro servicio, en lugar de resultar controlados por ellos. Aprenderemos a reconocer a Cristo y a su cruz en todo lugar, de manera que la maldición carezca para nosotros de poder. Nuestra salud "se dejará ver presto" (Isa. 58:8), puesto que la vida de Cristo se manifestará en nuestra carne mortal. Una libertad gloriosa como ninguna lengua ni pluma pueden describir.



"Manteneos, pues, firmes"



"Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca", "Él dijo, y fue hecho; Él mandó, y así fue" (Sal. 33:6, 9). La misma palabra que creó el firmamento estrellado, nos habla así: "Manteneos, pues, firmes". No es una orden que nos deje en el mismo estado de impotencia anterior, sino que lleva en él mismo el cumplimiento del hecho. Los cielos no se crearon a sí mismos, sino que fueron traídos a la existencia por la palabra del Señor.

Permitámosles, pues, ser nuestros instructores. "Levantad en alto vuestros ojos, y mirad. ¿Quién creó estas cosas? Aquel que saca su ejército de estrellas, llama a cada una por nombre. Tan grande es su poder y su fuerza" (Isa. 40:26). "Él da vigor al cansado, y aumenta la fuerza del impotente" (Isa. 40:29).



2. Yo, Pablo, os digo, si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo.



Es preciso comprender que eso encierra mucho más que el simple rito de la circuncisión. El Señor ha hecho que esta epístola, que tanto habla de la circuncisión, sea preservada para nuestro beneficio, pues contiene el mensaje del evangelio para todo tiempo, incluso si la circuncisión como rito no es en nuestros días el objeto particular de ningún debate ni polémica.

La cuestión es cómo obtener la justicia –la salvación del pecado– y la herencia que ésta conlleva. Y puede obtenérsela solamente por la fe, recibiendo a Cristo en el corazón y permitiéndole vivir su vida en nosotros. Abrahán tenía esa justicia de Dios por la fe de Jesucristo, y Dios le dio la circuncisión como señal de ello. Tenía para Abrahán un significado muy especial, recordándole constantemente su derrota cuando intentó cumplir la promesa de Dios por medio de la carne. El registro del hecho tiene para nosotros idéntico propósito. Muestra que "la carne nada aprovecha", y que por lo tanto, no hay que depender de ella. No es que el estar circuncidado impidiera automáticamente que Cristo fuera de provecho, pues Pablo mismo lo estaba, y en cierto momento consideró oportuno que Timoteo se circuncidara (Hechos 16:1-3). Pero Pablo no le daba valor alguno a su circuncisión, ni a ninguna otra señal exterior (Fil. 3:4-7), y cuando se le propuso la circuncisión de Tito como condición necesaria para la salvación, no consintió (Gál. 2:3-5).

Lo que había de ser sólo señal indicativa de una realidad preexistente, fue considerado por las generaciones subsecuentes como el medio para establecer esa realidad. Por lo tanto, la circuncisión se erige en esta epístola como el símbolo de toda clase de "obra" que el hombre pueda hacer, esperando obtener así la justicia. Son "las obras de la carne", puestas en contraste con el Espíritu.

Queda establecida esta verdad: si una persona hace algo con la esperanza de ser salvo por ello, es decir, de obtener la salvación por su propia obra, "de nada [le] aprovechará Cristo". Si no se acepta a Cristo como a un Redentor pleno, no se lo acepta en absoluto. Es decir, o se acepta a Cristo tal cual es, o se lo rechaza. No puede ser otro distinto del que es. Cristo no está dividido, y no comparte con ninguna otra persona o cosa el honor de ser Salvador. Por lo tanto es fácil ver que si alguien se circuncidara con la intención de ser salvo de ese modo, estaría manifestando ausencia de fe en Cristo como el pleno y único Salvador del hombre.

Dios dio la circuncisión como una señal de la fe en Cristo. Los judíos la pervirtieron convirtiéndola en un sustituto de la fe. Cuando un judío se gloriaba en su circuncisión, se estaba gloriando de su propia justicia. Así lo muestra el versículo cuatro: "Los que procuráis justificaros por la Ley, os habéis desligado de Cristo. Habéis caído de la gracia". Pablo no estaba de modo alguno despreciando la ley, sino la capacidad del hombre para obedecerla. Tan santa y gloriosa es la ley, y tan grandes sus requerimientos, que ningún hombre puede alcanzar a su perfección. Solamente en Cristo se hace nuestra la justicia de la ley. La verdadera circuncisión es adorar a Dios en Espíritu, gozarse en Jesucristo, y no poner la confianza en la carne (Fil. 3:3).



3. Otra vez declaro que todo hombre que se circuncida, está obligado ["es deudor", N.T. Interl.] a cumplir toda la Ley.

4. Los que procuráis justificaros por la Ley, os habéis desligado de Cristo. Habéis caído de la gracia.



'¡Ahí está!', exclamará alguno, 'eso demuestra que la ley es algo a evitar, puesto que Pablo dice que los que se circuncidan están obligados a cumplir toda la ley, al mismo tiempo que amonesta a que nadie se circuncide'.

No tan deprisa, amigo. Veamos más detenidamente el texto. Observa lo que dice Pablo, en el original griego (verso 3): "deudor es toda la ley a hacer" (N. T. Interl.). Puedes ver que lo malo no es la ley, ni cumplir la ley, sino estar en deuda con la ley. Es importante apreciar la diferencia. Tener comida y vestido es bueno. Endeudarse para poder tener comida y vestido, es muy triste. Y más triste aún es tener la deuda, además de carecer de lo necesario para comer y vestir.

Un deudor es aquel que debe algo. El que está en deuda con la ley, lo que adeuda es la justicia que la ley demanda. Por lo tanto, todo el que está en deuda con la ley, está bajo su maldición, "porque escrito está: 'Maldito todo el que no permanece en todo lo que está escrito en el libro de la Ley' " (Gál. 3:10). Por lo tanto, procurar obtener justicia de cualquier otra forma que no sea por la fe en Cristo significa caer bajo la maldición de la deuda eterna. Está endeudado por la eternidad, puesto que no tiene nada con qué pagar. Sin embargo, el hecho de que sea deudor a la ley –"deudor es toda la ley a hacer"–, demuestra que debería cumplirla en su totalidad. ¿Cómo?: "Esta es la obra de Dios, que creáis en Aquel a quien él envió" (Juan 6:29). Ha de dejar de confiar en sí mismo y recibir y confesar a Cristo en su carne, y entonces la justicia de la ley se cumplirá en él, pues no andará conforme a la carne, sino al Espíritu.



5. Pero nosotros por el Espíritu aguardamos la esperanza de la justicia que viene por la fe.



Lee varias veces ese texto, y hazlo con detenimiento. No olvides lo que ya hemos estudiado a propósito de la promesa del Espíritu. En caso contrario, te arriesgas a equivocar su significado.

No vayas a suponer que el texto significa que, teniendo el Espíritu, hemos de esperar para obtener la justicia. No dice tal cosa. El Espíritu trae la justicia. "El espíritu vive a causa de la justicia" (Rom. 8:10). "Cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio" (Juan 16:8). Todo el que recibe el Espíritu, tiene convicción de pecado, y de la justicia de la que el Espíritu le hace ver que carece, y que solamente el Espíritu puede traerle.

¿Cuál es la justicia que trae el Espíritu? Es la justicia de la ley (Rom. 8:4). "Porque sabemos que la ley es espiritual" (Rom. 7:14).

¿Qué hay pues, sobre "la esperanza de la justicia" que aguardamos por el Espíritu? Observa que no dice que mediante el Espíritu aguardemos la justicia. Lo que dice es que "aguardamos la esperanza de la justicia que viene por la fe", es decir, aguardamos la esperanza que da el poseer esa justicia. Refresquemos brevemente la memoria al respecto:

(1) El Espíritu de Dios es "el Espíritu Santo de la promesa". La posesión del Espíritu es la prenda o garantía de la promesa de Dios.

(2) Lo que Dios nos ha prometido, como hijos de Abrahán, es una herencia. El Espíritu Santo es las arras (o prenda) de esa herencia hasta tanto que la posesión adquirida resulte redimida y nos sea entregada (Efe. 1:13 y 14).

(3) Esa herencia prometida consiste en nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia (2 Pedro 3:13).

(4) El Espíritu trae la justicia. Es el representante de Cristo, la forma en la que Cristo mismo, quien es nuestra justicia, viene a morar en nuestros corazones (Juan 14:16-18).

(5) Por lo tanto, la esperanza que trae el Espíritu es la esperanza de una herencia en el reino de Dios, en la tierra nueva.

(6) La justicia que trae el Espíritu es la justicia de la ley de Dios (Rom. 8:4; 7:14). El Espíritu no la escribe en tablas de piedra, sino en nuestros corazones (2 Cor. 3:3).

(7) Resumiendo, podemos decir que si en lugar de creernos tan suficientes como para poder obedecer la ley, permitimos que el Espíritu haga morada en nuestro corazón y nos llene así de la justicia de la ley, tendremos la esperanza viva en nuestro interior. La esperanza del Espíritu –la esperanza de la justicia por la fe–, no contiene elemento alguno de incertidumbre. Es algo positivamente seguro. En ninguna otra cosa hay esperanza. Quien no posee "la justicia que viene de Dios por la fe" (Fil. 3:9; Rom. 3:23), está privado de toda esperanza. Sólo Cristo en nosotros es "la esperanza de gloria" (Col. 1:27).



6. Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión. Lo que vale es la fe que obra por el amor.



La palabra traducida aquí como "vale", es la misma traducida por "podrán", "podido" o "pudieron", en Lucas 13:24; Hechos 15:10 y 6:10, respectivamente. En Filipenses 4:13, la misma palabra se traduce: "Todo lo puedo en Cristo...". Por lo tanto, cabe entender así el texto: 'La circuncisión no puede obrar nada, ni tampoco la incircuncisión. Solamente la fe –obrando por el amor–, puede hacerlo'. Y esa fe que obra por el amor, se encuentra sólo en Jesús.

Pero ¿qué es lo que no puede cumplir la circuncisión ni la incircuncisión? Ni más ni menos que la ley de Dios. No está al alcance de ningún hombre, sea cual sea su estado o condición. El incircunciso carece de poder para guardar la ley, y la circuncisión en nada puede ayudarle a hacerlo. Uno puede jactarse de su circuncisión, y otro de su incircuncisión, pero ambos en vano. Por el principio de la fe, la jactancia "queda eliminada" (Rom. 3:27). Puesto que solamente la fe de Jesús puede cumplir la justicia de la ley, no queda ningún resquicio para que podamos jactarnos por lo que hemos "hecho". Cristo es el todo en todos.



7. Vosotros corríais bien. ¿Quién os estorbó para no obedecer la verdad?

8. Esta persuasión no procede de aquel que os llama.

9. Un poco de levadura fermenta toda la masa.

10. Confío en el Señor que no pensaréis de otro modo. El que os perturba llevará el juicio, quienquiera que sea.

11. Hermanos, si yo estuviera aún predicando la circuncisión, ¿por qué padezco persecución todavía? En ese caso se habría eliminado el escándalo de la cruz.

12. ¡Ojalá que los que os perturban, se mutilaran!



La ley de Dios es la verdad (Sal. 119:142), y los hermanos de Galacia habían comenzado a obedecerla. Al principio con éxito, pero posteriormente se habían detenido en su progreso. "¿Por qué? Porque no la seguían por la fe, sino por las obras. Por eso tropezaron en la piedra de tropiezo" (Rom. 9:32). Cristo es el camino, la verdad y la vida, y en Él no hay tropiezo. En Él se encuentra la perfección de la ley, puesto que su vida es la ley.

La cruz es, y ha sido siempre, un símbolo de la desgracia. Ser crucificado era ser sometido a la muerte más ignominiosa de cuantas se conocían. El apóstol afirmó que si hubiese estado predicando la circuncisión (es decir, la justicia por las obras), se habría eliminado "el escándalo de la cruz" (Gál. 5:11). El escándalo de la cruz consiste en que la cruz es una confesión de la debilidad y pecado del hombre, y de su absoluta incapacidad para obrar el bien. Tomar la cruz de Cristo significa depender solamente de Él para todas las cosas, lo que conlleva el abatimiento de todo el orgullo humano. Al hombre le gusta creerse independiente y autónomo. Pero predíquese la cruz, hágase manifiesto que en el hombre no mora el bien y que todo ha de ser recibido como un don, y enseguida habrá alguien que se sienta ofendido.



13. Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a ser libres. Pero no uséis la libertad para satisfacer la carne, sino servíos con amor los unos a los otros.

14. Porque toda ley se cumple en este solo precepto: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo".



Los dos capítulos precedentes se refieren a la esclavitud, al encarcelamiento. Antes de venir la fe estábamos "encerrados" bajo pecado, éramos deudores a la ley. La fe de Cristo nos hace libres, pero al ser puestos en libertad se nos hace esta admonición: "Vete, y desde ahora no peques más" (Juan 8:11). Hemos sido puestos en libertad del pecado, no en libertad de pecar. ¡Cuántos se confunden en esto!

Muchas personas sinceras imaginan que en Cristo estamos en libertad para ignorar y desafiar la ley, olvidando que la transgresión de la ley es pecado (1 Juan 3:4). Satisfacer la carne es cometer pecado, "porque la inclinación de la carne es contraria a Dios, y no se sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco puede" (Rom. 8:7). El apóstol nos advierte en contra de usar mal la libertad que Cristo nos da, cayendo nuevamente en la esclavitud por la transgresión de la ley. En lugar de ello, deberíamos servir cada uno a su prójimo, pues el amor es el cumplimiento de la ley.

Cristo nos da la libertad del señorío primero. Pero recuerda que Dios dio el dominio al género humano, y que en Cristo todos vienen a ser reyes. Eso significa que el único ser humano sobre el que un cristiano puede tener señorío es sobre sí mismo. El que es grande en el reino de Cristo es el que señorea sobre su propio espíritu.

Como reyes, encontramos nuestros súbditos en los órdenes inferiores de los seres creados, en los elementos y en nuestra propia carne, pero jamás en nuestros semejantes. A estos, tenemos que servirles. En nosotros tiene que haber la mente que hubo en Cristo incluso cuando estaba aún en las reales cortes celestiales, "en forma de Dios", y que le llevó a tomar "forma de siervo" (Fil. 2:5-7). Así lo demostró también al lavar los pies de los discípulos, en plena conciencia de ser su Señor y Maestro, habiendo venido de Dios, y yendo a Dios (Juan 13:3-13). Más aún, cuando todos los santos redimidos se manifiesten en gloria, Cristo mismo "se ceñirá, los invitará a sentarse a la mesa, y vendrá a servirles" (Luc. 12:37).

La mayor de las libertades se encuentra en el servicio –en el servicio hecho a nuestro prójimo, en el nombre de Jesús–. El mayor es el que rinde el mayor servicio (no el mayor servicio según el mundo, sino lo que éste tiene por más bajo). Así lo aprendemos de Jesús, quien es Rey de reyes y Señor de señores, por haberse hecho sirvo de todos, rindiendo un servicio que nadie podría ni querría haber hecho. Los siervos de Dios son reyes todos ellos.



El amor es el cumplimiento de la ley



El amor no es un sustituto del cumplimiento de la ley, sino que es la perfección de éste. "El amor no hace mal al prójimo; así el amor es el cumplimiento de la ley" (Rom. 13:10). "Si alguno dice: 'Yo amo a Dios', y aborrece a su hermano, es mentiroso. Porque el que no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Juan 4:20). Cuando un hombre ama a su prójimo, tiene que ser porque ame a Dios. "El amor viene de Dios", "porque Dios es amor" (1 Juan 4:7 y 8). Por lo tanto, el amor es la vida de Dios. Si esa vida está en nosotros y le damos libre curso, la ley estará necesariamente en nosotros, porque la vida de Dios es la ley para toda la creación. "En esto hemos conocido el amor, en que Cristo puso su vida por nosotros. Nosotros también debemos dar nuestra vida por los hermanos" (1 Juan 3:16).



Amor es ausencia de egoísmo



Puesto que amor significa servicio –hacer algo por los demás–, es evidente que el amor no enfoca la atención en uno mismo. Todo cuanto piensa el que ama es cómo puede bendecir a otros. Así leemos: "El amor es sufrido, es benigno. El amor no siente envidia. El amor no es jactancioso, no se engríe, no es rudo, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor" (1 Cor. 13:4 y 5).

Es precisamente en este punto vital donde muchos se equivocan. Dichosos aquellos que reconocen su error, y se vuelven a la comprensión y puesta en práctica del verdadero amor. El amor "no busca lo suyo". Por lo tanto el amor a uno mismo no es amor en absoluto, en el correcto sentido de la palabra. No es más que una vil falsificación. Sin embargo, mucho de lo que en el mundo se llama amor, no es en realidad amor a los demás, sino amor a sí.

Hasta incluso la que debería ser la más elevada forma de amor conocida sobre la tierra, el tipo de amor que el Señor empleó para representar su amor por su pueblo, el amor entre esposos, es más frecuentemente egoísmo que verdadero amor. Dejando a parte los matrimonios que se fraguan con el objetivo manifiesto de obtener riqueza o posición en la sociedad, en muchos casos, los aspirantes al matrimonio piensan más en su propia felicidad que en la felicidad del otro. El auténtico amor desprovisto de egoísmo existe en la misma proporción que la auténtica felicidad. Se trata de una lección que el mundo es muy tardo en aprender. La auténtica felicidad se encuentra solamente cuando uno deja de andar en su búsqueda, y se dedica a procurarla para los demás.









El amor nunca deja de ser



Una vez más nos encontramos ante un indicador de que mucho de lo que se conoce comúnmente como amor, no lo es en realidad. El amor nunca deja de ser. Se trata de una declaración categórica: nunca. No hay excepción, y las circunstancias no pueden cambiarlo. Oímos frecuentemente sobre amores que se enfrían, pero eso es algo que nunca puede pasarle al verdadero amor. El amor verdadero es siempre cálido, activo; nada puede congelar sus fuentes. Es invariable e inmutable, por la sencilla razón de que es la vida de Dios. No hay otro verdadero amor, fuera del divino, por lo tanto, la única posibilidad de que el verdadero amor se manifieste entre los hombres, es que sea derramado en sus corazones por el Espíritu Santo (Rom. 5:5).

Cuando alguien manifiesta su amor por otro, el receptor suele preguntar: '¿Por qué me amas?' ¡Como si alguien pudiera ofrecer razones para amar! El amor es su propia razón. Si el que ama es capaz de dar una razón de porqué lo hace, demuestra en ello que no ama realmente. Sea lo que sea que esgrima como razón, puede cesar en algún momento en el tiempo, con lo que desaparecerá el supuesto amor. Pero "el amor nunca deja de ser". Por lo tanto, no puede depender de las circunstancias. La única respuesta que cabe dar de por qué se ama, es ésta: por amor. El amor ama, simplemente, porque es amor. Amor es la cualidad de aquel que ama; ama porque tiene amor, independientemente del carácter del objeto amado.

Apreciamos la verdad de lo dicho al acudir a Dios, la Fuente del amor. Él es amor. Su vida es amor. Pero no es posible dar explicación alguna sobre su existencia. La más grande concepción humana del amor consiste en amar porque somos amados, o porque el objeto amado nos inspira amor. Pero Dios ama aquello que es aborrecible. Él ama a quienes le odian. "En otro tiempo, nosotros también éramos insensatos, desobedientes, extraviados, esclavos de diversas pasiones y placeres. Vivíamos en malicia y envidia. Éramos aborrecibles, aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor hacia los hombres, nos salvó" (Tito 3:3-5). "Si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen lo mismo los publicanos?... Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mat. 5:46, 48).

"El amor no hace mal al prójimo" (Rom. 13:10). Prójimo significa todo el que está cerca, por lo tanto, el amor se extiende a todo aquel con quien entramos en contacto. Sólo ama el que ama a todos.

Puesto que el amor no hace mal al prójimo, el amor cristiano (que, como hemos visto, es el único amor que hay) no admite guerras y luchas. Cuando los soldados preguntaron a Juan el Bautista qué tenían que hacer como seguidores del Cordero de Dios al que él les dirigía, respondió: "A nadie intimidéis" (Luc. 3:14, N.T. Interl.). ¡En qué pocas guerras podría cumplirse eso! Si un ejército estuviese compuesto de cristianos, de verdaderos seguidores de Cristo, al establecer contacto con el enemigo, en lugar de dispararle, verían en qué podían ayudarle. "Si tu enemigo tuviera hambre, dale de comer; si tuviera sed, dale de beber. Actuando así, ascuas de fuego amontonas sobre su cabeza. No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien" (Rom. 12:20 y 21).



15. Pero si os mordéis y os devoráis unos a otros, cuidad que no os consumáis mutuamente.

16. Digo pues: Vivid según el Espíritu, y no satisfaréis los malos deseos de la carne.

17. Porque la carne desea contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne. Los dos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais.

18. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.



Siguiendo mal consejo y habiendo abandonado la simplicidad de la fe, los Gálatas se estaban colocando bajo la maldición, y estaban en peligro de condenarse al fuego eterno. "La lengua es un fuego, un mundo de maldad. Se halla entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, inflama el curso de la naturaleza, y es inflamada por el infierno" (Sant. 3:6). Ha hecho más estragos la lengua que la espada, pues ésta última no se desenvaina sin que haya detrás una lengua turbulenta.

"Ningún hombre puede domar la lengua", pero Dios sí puede. Lo había hecho con los Gálatas cuando sus bocas prorrumpían en bendición y alabanza, pero ahora, ¡qué asombroso cambio! Como resultado de la enseñanza que recientemente estaban recibiendo, habían descendido de la bendición a la pendencia. En lugar de edificarse mutuamente, estaban a punto de devorarse.

Cuando hay altercados y disputas en la iglesia, podemos estar seguros de que el evangelio está allí tristemente pervertido. Que nadie se jacte de su ortodoxia o de su firmeza en la fe mientras albergue una disposición hacia la disputa, o bien se deje provocar a ella. Los altercados y disensiones son los indicadores de haberse apartado de la fe, si es que se la poseyó alguna vez. "Habiendo sido justificados por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Rom. 5:1). No estamos solamente en paz con Dios, sino que tenemos su paz. Por lo tanto, esa nueva "persuasión" que había llevado a la contienda, y a que se devorasen unos a otros con lenguas encendidas en el fuego inicuo, no provenía de Dios, quien los había llamado al evangelio. Un solo paso errado puede terminar en una gran divergencia. Dos líneas de tren pueden al principio parecer paralelas, aunque luego comiencen a divergir insensiblemente hasta llevar finalmente a direcciones opuestas. "Un poco de levadura fermenta toda la masa". Un pequeño error, por insignificante que pueda parecer, contiene el germen de toda la maldad. "El que guarda toda la Ley, y ofende en un solo punto, es culpable de todos" (Sant. 2:10). Un solo principio falso acariciado, producirá la ruina de toda la vida y carácter. Las zorras pequeñas echan a perder la viña.



19. Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia,

20. idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, explosiones de ira, contiendas, divisiones, sectarismos,

21. envidias, homicidios, borracheras, orgías y cosas semejantes. Os advierto, como ya os previne, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.



No es una lista que regale los oídos, y aun así, dista de ser exhaustiva, ya que el apóstol añade: "y cosas semejantes". Algo en lo que vale la pena recapacitar, relacionándolo con la afirmación de que "los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios". Compara esa lista con la que el Señor proporcionó en Marcos 7:21 al 23, a propósito de las cosas que proceden del interior del hombre, del corazón. Pertenecen al hombre por naturaleza. Compara ahora ambas listas, con la que da Romanos 1:28 al 32, referida a los hechos de los paganos que no quisieron reconocer a Dios. Se trata precisamente de las cosas que hacen los que no conocen al Señor.

Examina ahora esas listas de pecados, a la luz de la que Pablo presenta en 2ª de Timoteo 3:1 al 5, enumerando esta vez las obras de aquellos que, en los últimos días, tendrán solamente "apariencia de piedad". Es conveniente observar que esas cuatro listas son en esencia la misma. Cuando los hombres se desvían de la verdad del evangelio, que es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree, caen inevitablemente bajo el poder de esos pecados.



"No hay diferencia"



Todos los hombres comparten la misma carne (1 Cor. 15:39), puesto que cada habitante de la tierra es un descendiente de la misma pareja: Adán y Eva. "El pecado entró en el mundo por un hombre" (Rom. 5:12), por lo tanto, sea cual sea el pecado que haya en el mundo, es común a toda carne. En el plan de la salvación "no hay diferencia entre judío y griego; ya que uno mismo es Señor de todos, y es generoso con todos los que lo invocan" (Rom. 10:12; 3:21-24). Nadie en la tierra puede jactarse ante otro, ni tiene el más mínimo derecho a despreciarlo por su condición pecaminosa y degradada. La comprobación o el conocimiento del vicio abyecto en cualquier otro, lejos de hacernos sentir complacidos por nuestra superior moralidad, debería llenarnos de pesar y vergüenza. No es más que un recordatorio de la realidad de nuestra naturaleza humana. Las obras que se ponen de manifiesto en ese asesino, borracho o libertino, son sencillamente las obras de nuestra carne. La carne que la raza humana comparte no contiene otro poder que no sea el de las malas obras antes descritas.

Algunas de las obras de la carne reciben la consideración general de muy malas, o al menos, impresentables; en cambio, a otras se las tiene comúnmente por pecados veniales, cuando no virtudes declaradas. Recuerda, no obstante, la expresión: "y cosas semejantes", que indica que todas las cosas enumeradas son esencialmente idénticas. La Escritura declara que el odio es asesinato. "Todo el que aborrece a su hermano es homicida" (1 Juan 3:15). Aún más, el enojo es igualmente asesinato, como muestran las palabras del Salvador en Mateo 5:21 y 22. La envidia, que tan común es, contiene igualmente el asesinato. Pero ¿quién considera a la envidia como algo pecaminoso? Lejos de considerarla como extremadamente pecaminosa, nuestra sociedad la fomenta. Pero la Palabra de Dios nos asegura que es algo de la misma clase que el adulterio, fornicación, asesinato y borrachera, y que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios. ¿Acaso no es algo terrible?

El amor a uno mismo, el deseo de supremacía, es la fuente de todos los otros pecados que se han mencionado. En él han tenido origen innumerables crímenes. Las abominables obras de la carne acechan allí donde menos se podría sospechar. Se las encuentra allí donde haya carne humana, y se manifiestan de una o otra manera siempre que esa carne no esté crucificada. "El pecado está a la puerta" (Gén. 4:7).



El conflicto entre la carne y el Espíritu



La carne no tiene nada en común con el Espíritu de Dios. "Los dos se oponen entre sí"; es decir, actúan con el antagonismo propio de dos enemigos. Cada uno de ellos busca la oportunidad de aplastar al contrario. La carne es corrupción. No puede heredar el reino de Dios, puesto que la corrupción no hereda la incorrupción (1 Cor. 15:50). Es imposible que la carne se convierta. Ha de ser crucificada. "La inclinación de la carne es contraria a Dios, y no se sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco puede. Así, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios" (Rom. 8:7 y 8).

Aquí está la explicación del retroceso de los Gálatas, y del problema que aflige a tantas vidas cristianas. Los Gálatas habían comenzado en el Espíritu, pero pensaban alcanzar la perfección por la carne (Gál. 3:3). Algo tan imposible como llegar a las estrellas cavando galerías en el suelo. Así, muchos intentan obrar el bien; pero debido a que no se han rendido decidida y plenamente al Espíritu, no pueden obrar como querrían. El Espíritu contiende con ellos, y obtiene un control relativo. Incluso en ocasiones se rinden plenamente al Espíritu, lo que les lleva a una rica experiencia. Pero entonces afrentan al Espíritu, es la carne quien toma el control, y parecen ser otras personas. A veces se entregan a la mente del Espíritu, y a veces a la de la carne (Rom. 8:6); y así, siendo de doblado ánimo, son inconstantes en todos sus caminos (Sant. 1:8). Se trata de una situación por demás insatisfactoria.



El Espíritu y la ley



"Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley" (Gál. 5:18). "Sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy de carne, vendido al poder del pecado" (Rom. 7:14). La carne y el Espíritu guardan antagonismo; pero contra los frutos del Espíritu, "no hay ley" (Gál. 5:22 y 23). Por lo tanto, la ley está contra las obras de la carne. La mente carnal "no se sujeta a la Ley de Dios", por lo tanto, los que están en la carne no pueden agradar a Dios, sino que están "bajo la ley". Eso demuestra claramente que estar "bajo la ley" es ser un transgresor de ella. "La Ley es espiritual"; por lo tanto, los que son guiados por el Espíritu están en plena armonía con la ley, de forma que no están bajo ella.

Vemos una vez más que la controversia no consistió en si había que guardar o no la ley, sino en cómo había que guardarla. Los Gálatas se estaban dejando arrastrar por la halagadora enseñanza de que tenían el poder para lograrlo por ellos mismos, mientras que el apóstol divinamente asignado mantenía enérgicamente que se la puede guardar sólo mediante el Espíritu. Lo mostró a partir de las Escrituras, de la historia de Abrahán, y también a partir de la propia experiencia de los Gálatas. Habían comenzado en el Espíritu, y por tanto tiempo como continuaron en él, corrían bien. Pero cuando sustituyeron el Espíritu por ellos mismos, inmediatamente comenzaron a manifestar obras contrarias a la ley.

El Espíritu Santo es la vida de Dios; Dios es amor; el amor es el cumplimiento de la ley; la ley es espiritual. Por lo tanto, quien sea espiritual, ha de someterse a la justicia de Dios. Se trata de justicia "testificada por la ley" (Rom. 3:21), pero obtenida solamente por la fe de Jesucristo. El que es guiado por el Espíritu guardará la ley, no como una condición para recibir el Espíritu, sino como un resultado de haberlo recibido.

Conocemos a menudo personas que profesan ser espirituales. Se sienten tan plenamente guiados por el Espíritu, que creen no necesitar guardar la ley. Admiten no guardarla, pero pretenden que es el Espíritu quien les conduce a ello. Por lo tanto –se dicen–, no puede tratarse de pecado, aunque esté en oposición con la ley. Los tales cometen el fatal error de sustituir la mente del Espíritu por su propia mente carnal. Confunden la carne con el Espíritu y se colocan en el lugar de Dios. Hablar contra la ley de Dios es hablar contra el Espíritu. Su ceguera es descomunal, y bien pueden orar: "Abre mis ojos, para que pueda ver las maravillas de tu Ley" (Sal. 119:18).



22. Pero el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad,

23. mansedumbre, dominio propio. Contra estas virtudes, no hay ley.



El primer fruto del Espíritu es el amor, y "el amor es el cumplimiento de la Ley" (Rom. 13:10). Le siguen el gozo y la paz, puesto que "habiendo sido justificados por la fe, estamos en paz con Dios". "Y no solo esto, sino que también nos alegramos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo" (Rom. 5:1, 11). Cristo recibió la unción del Espíritu Santo (Hechos 10:38), o, como leemos en otro lugar, "con óleo de alegría" (Heb. 1:9). El servicio a Dios es un servicio gozoso. El reino de Dios es "justicia, paz y gozo por el Espíritu Santo" (Rom. 14:17). Aquel que no se goza en la adversidad, como lo hacía en la prosperidad, es porque todavía no conoce al Señor como debería. Las palabras de Cristo llevan al gozo completo (Juan 15:11).

El amor, el gozo, la paz, tolerancia, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, cortesía, dominio propio, brotarán espontáneamente del corazón del verdadero seguidor de Cristo. Nadie puede obtenerlos a la fuerza. Pero no moran en nosotros de forma natural. Ante una situación exasperante, lo que es natural en nosotros es la ira y la irritación, no la amabilidad y resignación. Observa el contraste entre las obras de la carne y el fruto del Espíritu: las primeras vienen de forma natural; sin embargo, para que se produzca el buen fruto, hemos de habernos convertido enteramente en nuevas criaturas: "El buen hombre, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno" (Luc. 6:45). La bondad no procede de hombre alguno, sino del Espíritu de Cristo al morar permanentemente en el hombre.



24. Pero los que son de Cristo, han crucificado la carne con sus pasiones y malos deseos.



"Nuestro viejo hombre fue crucificado junto con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no seamos más esclavos del pecado. Porque el que ha muerto, queda libre del pecado" (Rom. 6:6 y 7). "Con Cristo estoy crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó, y se entregó a sí mismo por mí" (Gál. 2:20). Esa es la experiencia de todo verdadero hijo de Dios. "Si alguno está en Cristo, nueva criatura es" (2 Cor. 5:17). Vive todavía en carne según toda apariencia externa, pero no vive según la carne sino según el Espíritu (Rom. 8:9). Vive en carne una vida que no es carnal, y la carne no tiene poder sobre él. Por lo que respecta a las obras de la carne, está muerto: "Si Cristo está en vosotros, vuestro cuerpo está muerto a causa del pecado, pero vuestro espíritu vive a causa de la justicia" (Rom. 8:10).



25. Si vivimos en el Espíritu, andemos también en el Espíritu.

26. No seamos vanagloriosos, irritándonos y envidiándonos unos a otros.



¿Hay aquí duda alguna de que Pablo creía que el cristiano vive en el Espíritu? No. No hay sombra de duda. Puesto que vivimos en el Espíritu, debemos someternos al Espíritu. Es sólo por el poder del Espíritu –el mismo Espíritu que en el principio se movía sobre la faz del abismo y estableció el orden a partir del caos–, que toda persona puede vivir. "El Espíritu de Dios me hizo, y el aliento del Todopoderoso me dio vida" (Job. 33:4). El mismo aliento hizo los cielos (Sal. 33:6). El Espíritu de Dios es la vida del universo. Es la eterna presencia de Dios, en el cual "vivimos, y nos movemos, y existimos" (Hechos 17:28). Dependemos del Espíritu para la vida; por lo tanto, deberíamos andar en Él, y ser guiados por Él. Tal es nuestro "culto razonable" (Rom. 12:1).

¡Qué maravillosa vida se pone a nuestro alcance! Vivir en carne, como si la carne fuese espíritu. "Hay cuerpo animal, y cuerpo espiritual". "Pero lo espiritual no es primero, sino lo natural; después lo espiritual" (1 Cor. 15:44, 46). El cuerpo natural es el que tenemos ahora. El espiritual lo recibirán todos los verdaderos seguidores de Cristo en la resurrección (1 Cor. 15:42-44; 50-53). No obstante en esta vida, en el cuerpo natural, el hombre ha de ser espiritual: ha de vivir como querrá hacerlo en su futuro cuerpo espiritual. "Vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu del Señor habita en vosotros" (Rom. 8:9).

"Lo que nace de la carne, es carne; y lo que nace del Espíritu, es espíritu" (Juan 3:6). Por nacimiento natural heredamos todos los males enumerados en este capítulo quinto de Gálatas, "y cosas semejantes". Somos carnales. En nosotros rige la corrupción. Mediante el nuevo nacimiento heredamos la plenitud de Dios, viniendo a ser "participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia" (2 Pedro 1:4). El "hombre viejo, viciado por sus engañosos deseos" (Efe. 4:22), es crucificado "para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no seamos más esclavos del pecado" (Rom. 6:6).

Permaneciendo en el Espíritu, andando en el Espíritu, la carne con sus concupiscencias no tiene más poder sobre nosotros del que tendría si estuviésemos realmente muertos y enterrados. Es sólo el Espíritu de Dios quien da vida al cuerpo. El Espíritu emplea la carne como un instrumento de justicia. La carne sigue siendo corruptible, sigue estando llena de malos deseos, siempre dispuesta a rebelarse contra el Espíritu; pero por tanto tiempo como sometamos la voluntad a Dios, el Espíritu mantiene la carne a raya. Si vacilamos, si en nuestro corazón nos volvemos a Egipto, o si ponemos la confianza en nosotros mismos, menoscabando así nuestra dependencia del Espíritu, entonces reedificamos aquello que habíamos destruido y nos hacemos transgresores (Gál. 2:18). Pero no tiene por qué suceder. Cristo tiene "potestad sobre toda carne" (Juan 17:2), y demostró su poder para vivir una vida espiritual en carne humana.

Se trata del Verbo hecho carne, Dios manifestado en carne, la revelación de "ese amor que supera a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios" (Efe. 3:19). Estando bajo el control de ese Espíritu de amor y mansedumbre, nunca ambicionaremos la vanagloria, provocando unos a otros, envidiando unos a otros. Todo vendrá de Dios, y así se reconocerá, de forma que ninguno tendrá la más mínima disposición a jactarse sobre otro.

El Espíritu de vida en Cristo –la vida de Cristo–, se da gratuitamente a todos. "El que tenga sed y quiera, venga y tome del agua de la vida de balde" (Apoc. 22:17). "Porque la vida que estaba con el Padre, se manifestó, y nosotros la vimos, y os anunciamos la vida eterna" (1 Juan 1:2). "¡Gracias a Dios por su don inefable!" (2 Cor. 9:15).


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