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E.J. Waggoner- El auténtico evangelio

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E.J. Waggoner- El auténtico evangelio

Mensaje por Admin el Lun Mayo 31, 2010 7:03 am

El auténtico evangelio: La revelación de Jesucristo






1. Pablo, apóstol –no de los hombres ni por hombre, sino por medio de Jesucristo y de Dios el Padre, que lo resucitó de los muertos,

2. y todos los hermanos que están conmigo, a las iglesias de Galacia.

3. Gracia y paz a vosotros, de nuestro Padre Dios, y del Señor Jesucristo,

4. que se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos de este presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre.

5. A él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.



Los primeros cinco versículos constituyen la salutación, y contienen la totalidad del Evangelio. Si no dispusiésemos de ninguna otra Escritura, tendríamos allí lo suficiente para la salvación del mundo. Si estudiásemos esa reducida sección con tal diligencia y fervor como si fuera el único texto sagrado disponible, nuestra fe, esperanza y amor se verían infinitamente fortalecidos. Al leer esos versículos, intentemos perder de vista a los Gálatas, y consideremos esas palabras como la voz de Dios hablándonos directa y personalmente por medio del apóstol.



El apostolado



"Apóstol" significa alguien que es enviado. La confianza de Pablo estaba en proporción con la autoridad de Aquel que lo envió, y dependía de la confianza que ponía en esa autoridad y poder. "Porque el enviado de Dios habla las palabras de Dios" (Juan 3:34). Pablo hablaba con autoridad, y sus palabras eran "mandato" del Señor (1 Cor. 14:37). Así que, al leer esta epístola, o cualquiera otra en la Biblia, no debemos pensar en peculiaridades y condicionantes personales del autor. Es verdad que cada escritor conserva su propia individualidad, dado que Dios escoge diferentes hombres para hacer diferentes tipos de obra; pero se trata siempre y en cada caso de la Palabra de Dios.



Una comisión divina



No solamente a los apóstoles, sino a cada uno en la iglesia se le ha dado la comisión de que "hable conforme a las Palabras de Dios" (1 Pedro 4:11). Todos los que están en Cristo son nuevas criaturas, reconciliadas con Dios por medio de Jesucristo; y todos los que han sido reconciliados recibieron la palabra y el ministerio de la reconciliación, de manera que son embajadores de Cristo, como si Dios rogase a los hombres por su medio, en el nombre de Cristo, que se reconcilien con Dios (2 Cor. 5:17-20). Para aquellos que comunican el mensaje de Dios, eso es una poderosa salvaguarda contra el desánimo y el temor. Los embajadores de los reinos terrenales tienen autoridad proporcional al poder del rey o gobernante a quien representan, y el cristiano representa al Rey de reyes y Señor de señores.



No de los hombres



Toda la enseñanza del evangelio descansa sobre la deidad de Cristo. Tan impregnados estaban de esa verdad los apóstoles y profetas, que aparece por doquiera en sus escritos. "Cristo es la imagen del Dios invisible" (Col. 1:15). "Es el resplandor de su gloria, la misma imagen de su ser real" (Heb. 1:3). "En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios" (Juan 1:1; ver también 17:5). "Existía antes de todas las cosas, y todas las cosas subsisten en él" (Col. 1:17).



El Padre y el Hijo



"De Jesucristo y de Dios el Padre, que lo resucitó de los muertos". El Padre y el Hijo aparecen aquí asociados en términos de igualdad. "Yo y el Padre somos uno" (Juan 10:30). Ambos se sientan en un trono (Heb. 1:3; Apoc. 3:21). El consejo de paz será entre los dos (Zac. 6:12 y 13). Jesús fue el Hijo de Dios toda su vida, aun siendo de la simiente de David según la carne; pero fue por la resurrección de los muertos, según el Espíritu de santidad, como se demostró a todos su carácter de Hijo (Rom. 1:3 y 4). Esta epístola tiene la misma autoridad que el apostolado de Pablo: la de Aquel que posee poder para resucitar a los muertos, y la de Aquel que resucitó de los muertos.



Las iglesias de Galacia



Galacia era una provincia de Asia Menor, llamada así por estar habitada por los galos, que provenían del territorio que hoy conocemos como Francia. Se establecieron allí hacia el tercer siglo A. de C., dando nombre a esa región (Gal-atia). Por supuesto eran paganos, con una religión muy similar a la de los druidas de Bretaña. Pablo fue el primero que les predicó a Cristo (Hechos 16:6; 18:23). El país de Galacia incluía también Iconio, Listra y Derbe, ciudades que Pablo y Bernabé visitaron en su primer viaje misionero (Hechos 14).



"Gracia y paz a vosotros de nuestro Padre Dios, y del Señor Jesucristo"



Nos encontramos ante la palabra de Dios: significa mucho más que la palabra del hombre. El Señor nunca formula cumplidos vacíos. Su palabra es creadora, y aquí encontramos la forma imperativa empleada por Dios para crear mediante su palabra.

Dios dijo: "Haya luz". Y fue la luz. Y cuando ahora pronuncia la frase: "Gracia y paz a vosotros", así sucede. Dios ha enviado gracia y paz, trayendo justicia y salvación a todos los hombres. También a ti, quienquiera seas, y a mí. Cuando leas ese tercer versículo, de ninguna forma lo tomes como una fórmula de cortesía o un simple saludo al uso, sino como la palabra creadora que te trae personalmente todas las bendiciones de la paz de Dios. Representa para nosotros la misma palabra que Jesús pronunció dirigiéndose a aquella mujer: "Tus pecados te son perdonados". "Vete en paz" (Luc. 7:48, 50).

Esa gracia y esa paz vienen de Cristo, quien "se dio a sí mismo por nuestros pecados". "A cada uno de nosotros le ha sido dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo" (Efe. 4:7). Pero se trata de "la gracia de Cristo Jesús" (2 Tim. 2:1). Por lo tanto, podemos tener la seguridad de que Cristo mismo se nos ha dado a cada uno. El hecho de que el hombre vive, es una evidencia de que Cristo le ha sido dado, ya que Cristo es la "vida", y esa "vida" es la luz de los hombres. Esa luz y vida "alumbra a todo hombre que viene a este mundo" (Juan 14:6; 1:4, 9). "Todas las cosas subsisten en él" (Col. 1:17). Dado que "no eximió ni aun a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él gratuitamente, todas las cosas?" (Rom. 8:32). "Todo lo que pertenece a la vida y a la piedad nos fue dado por su divino poder" (2 Pedro 1:3).

En Cristo nos es dado todo el universo, y se nos concede toda la plenitud de su poder para que venzamos el pecado. Dios concede tanto valor a cada alma individualmente, como a toda su creación. Mediante la gracia, Cristo gustó la muerte por todos, de forma que todo hombre en el mundo ha recibido el "don inefable" (Heb. 2:9; 2 Cor. 9:15). "Mucho más copiosamente se derramó sobre los muchos, la gracia y el don, por la gracia de un solo hombre, Jesucristo". "Los muchos" significa todos, ya que "así como por el delito de uno vino la condenación a todos los hombres, así también por la justicia de uno solo, vino a todos los hombres la justificación que da vida" (Rom. 5:15, 18).

Cristo se da a todo hombre. Por lo tanto, cada uno recibe la totalidad de Cristo. El amor de Dios abarca al mundo entero, a la vez que llega individualmente a cada persona. El amor de una madre no queda mermado al dividirse hacia cada uno de sus hijos, de forma que estos no reciban más que la tercera, cuarta o quinta parte de él. No: cada hijo es objeto de todo el amor de su madre. ¡Cuánto más será así con Dios, cuyo amor es más perfecto que el de la mejor madre imaginable! (Isa. 49:15). Cristo es la luz del mundo, el Sol de justicia. Pero la luz que ilumina a un hombre en nada disminuye la que alumbra a los demás. Si una habitación está perfectamente iluminada, cada uno de sus ocupantes se beneficia de la totalidad de la luz existente, tanto como si fuese el único presente en aquel lugar. Así, la luz de Cristo alumbra a todo ser humano que viene a este mundo. En el corazón de todo aquel que cree, Cristo mora en su plenitud. Planta una semilla en la tierra y obtendrás muchas más semillas, cada una de las cuales tendrá tanta vida como aquella primera de la que proceden. Cristo, la verdadera Simiente, da a todos la plenitud de su vida.



Cristo nos ha comprado



Cuán a menudo oímos a personas lamentarse en estos términos: 'Soy tan pecador que el Señor no me aceptará'. Incluso algunos que han profesado ser cristianos durante años, expresan el deseo tristemente incumplido de lograr seguridad de la aceptación de Dios. Pero el Señor no ha provisto razón alguna para esas dudas. Nuestra aceptación queda asegurada por siempre. Cristo nos ha comprado, y pagó ya el precio.

¿Cuál es la razón por la que alguien va a la tienda y compra un artículo? Porque está interesado en él. Si ha pagado su precio, tras haberlo examinado, de forma que es consciente de lo que compró, ¿temerá el vendedor que el comprador no acepte el artículo? Al contrario, si le retiene el producto, el comprador protestará: '¿por qué no me entrega aquello que me pertenece?'. A Jesús no le resulta indiferente si nos entregamos o no a Él. Se interesa con un ansia infinita por cada alma que compró con su propia sangre. "El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido" (Luc. 19:10). "Dios nos eligió en él desde antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos y sin culpa ante él en amor... para alabar su gloriosa gracia, que nos dio generosamente en el Amado" (Efe. 1:4, 6).

¿Para qué se dio Cristo a sí mismo por nuestros pecados? "Para librarnos de este presente siglo malo".

Se cuenta que había cierto hombre conocido por su temperamento colérico. Se enfadaba con frecuencia, echando las culpas de todo a los que lo rodeaban. Según él, ninguno de ellos hacía bien las cosas. Así pues, decidió 'apartarse del mundo' y hacerse un ermitaño.

Eligió por casa una cueva en el bosque, alejada de cualquier habitante humano. Por la mañana, tomó una tinaja y se dirigió a un arroyo para aprovisionarse de agua con que cocinar. Las piedras estaban húmedas y resbaladizas por el crecimiento de algas en su superficie, bajo el continuo efecto del agua. Al colocar la tinaja bajo el chorro del manantial, ésta se deslizó. Volvió a colocarla, pero resbaló de nuevo. Por dos o tres veces más volvió a sucederle lo mismo.

La paciencia del ermitaño se agotó, y exclamó airado: "¡Verás si te tienes o no!" Levantó la tinaja, y la asentó con tal vehemencia y energía que quedó hecha pedazos. No había nadie a quien culpar, excepto él mismo, y tuvo el buen sentido de reconocer que lo que le hacía pecar, no era el mundo que le rodeaba en el exterior, sino el que llevaba en su interior.

Allá donde vayamos, llevamos el mundo ("este presente siglo malo") con nosotros. Lo llevamos en nuestros corazones, como una pesada y abrumadora carga. Si bien querríamos obrar el bien, encontramos que "el mal está en mí" (Rom. 7:21). Siempre está allí "este presente siglo malo", hasta que, embargados por la desesperación, clamamos: "¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" (verso 24).

Hasta el mismo Jesús enfrentó grandes tentaciones en el desierto, apartado de cualquier ser humano. Todas estas cosas nos enseñan que en el plan de Dios no hay ningún lugar para la vida monacal y ermitaña. El pueblo de Dios es la sal de la tierra; y la sal debe mezclarse con el objeto a preservar.

La liberación es nuestra. Cristo fue enviado para abrir los ojos de los ciegos, sacar de la cárcel a los presos, y de prisión a los que están en tinieblas (Isa. 42:7). En consonancia con eso, proclama "libertad a los cautivos, y a los presos abertura de la cárcel" (Isa. 61:1). Dice a todos los presos: "Salid" (Isa. 49:9). Es privilegio de cada uno el decir: "Oh Señor, yo soy tu sirvo, tu siervo, hijo de tu sierva, rompiste mis prisiones" (Sal. 116:16).

Así es, tanto si lo creemos como si no lo hacemos. Somos los siervos del Señor, aún si nos negamos obstinadamente a servirlo. Nos ha comprado; y habiéndonos comprado, ha quebrantado toda atadura que pudiera impedirnos servirle. Si realmente creemos, tenemos la victoria que vence al mundo (1 Juan 5:4; Juan 16:33). El mensaje para nosotros es que nuestra "milicia ha terminado", nuestro "pecado está perdonado" (Isa. 40:2).



Me viste perdido y en condenación,
y desde el Calvario me diste perdón;
llevaste por mí las espinas, Señor;
por esto de hinojos te rindo mi amor.




La voluntad de Dios



Esta liberación es "conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre". La voluntad de Dios es nuestra santificación (1 Tes. 4:3). Su voluntad es que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad (1 Tim. 2:4). Él "hace todo según el propósito de su voluntad" (Efe. 1:11). ¿Pretendemos enseñar la salvación universal, preguntará alguien? Pretendemos simplemente señalar lo que la Palabra de Dios enseña, que "la gracia de Dios que trae salvación, se manifestó a todos los hombres" (Tito 2:11). Dios ha traído la salvación a todos los hombres, y la ha dado a cada uno de ellos; pero desgraciadamente, la mayoría la desprecia y desecha. El juicio revelará el hecho de que a cada ser humano se le dio la plena salvación, y también que todo perdido lo fue por rechazar deliberadamente el derecho de primogenitura que se le dio como posesión.

La voluntad de Dios es, por lo tanto, algo en lo que gozarse, y no algo que soportar. Incluso si implica sufrimiento, es para nuestro bien, y tiene por fin obrar en nosotros "un eterno peso de gloria", que supera toda comparación (Rom. 8:28; 2 Cor. 4:17). Podemos decir con Cristo: "Dios mío, me deleito en hacer tu voluntad, y tu ley está en medio de mi corazón" (Sal. 40:8).

En eso radica el consuelo de conocer la voluntad de Dios. Consiste en la liberación de nuestra esclavitud al pecado; por lo tanto, podemos orar con la más segura confianza, y con pleno agradecimiento, ya que "ésta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos algo conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos lo que le hemos pedido" (1 Juan 5:14 y 15).

¡A Dios sea la gloria, por esa liberación! Toda la gloria es suya, sea que el hombre la reconozca o no. Darle a Él la gloria no consiste en impartirle nada, sino en reconocer el hecho. Le damos gloria al reconocer que todo el poder es suyo. "Reconoced que el Señor es Dios. Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos" (Sal. 100:3).

El poder y la gloria están relacionados, como vemos en la oración modelo del Señor. Cuando Jesús, por su poder, había convertido el agua en vino, se nos dice que en ese milagro "reveló su gloria" (Juan 2:11). Así, cuando decimos "al Señor sea la gloria", reconocemos que todo el poder proviene de Él. No nos salvamos a nosotros mismos, pues somos "débiles". Si confesamos que toda la gloria pertenece a Dios, no cederemos al espíritu de jactancia y vanagloria.

La proclamación final del "evangelio eterno", que anuncia que ha llegado la hora de su juicio, se expresa así: "Temed a Dios, y dadle gloria" (Apoc. 14:7). Por lo tanto, la epístola a los Gálatas, que atribuye a Dios toda la gloria, constituye el establecimiento del evangelio eterno. Es definidamente un mensaje para los últimos días. Si lo estudiamos y le prestamos oído, podemos contribuir a apresurar el tiempo en el que "la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar" (Hab. 2:14).



6. Me maravillo de que tan pronto, abandonando al que os llamó por la gracia de Cristo, os paséis a otro evangelio.

7. No es que haya otro, sino que algunos os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo.

8. Aun si nosotros mismos, o un ángel del cielo, os anunciara otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea condenado.

9. Repito, si alguno os anunciara un evangelio diferente del que habéis recibido, sea condenado.



El apóstol va sin dilación al tema fundamental. Su espíritu se agita dentro de sí, y lanzándose a la pluma, escribe como sólo es capaz de hacerlo aquel que siente la solicitud por las almas que están avanzando rápidamente hacia la destrucción.

Los hermanos de Pablo estaban en peligro mortal, y no había tiempo que perder en cumplidos. Había que abordar el problema de forma tan inmediata como fuera posible.

¿Quién "llamó" a los hombres? "Fiel es Dios, que os llamó a la comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor" (1 Cor. 1:9). "Y el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo..." (1 Pedro 5:10). "Porque la promesa es para vosotros, para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos el Señor, nuestro Dios llame" (Hechos 2:39). A los que están cerca y a los que están lejos: eso incluye a todos los habitantes del mundo. Por lo tanto, Dios llama a todo hombre (sin embargo, ¡no todos vienen!).

¿Acaso se estaba Pablo refiriendo a sí mismo, como si fuese él quien hubiese llamado a los hermanos de la iglesia de Galacia, y como si fuese de él, de quien se estaban separando? Un poco de reflexión nos demostrará la imposibilidad de tal cosa. Pablo mismo dijo que la apostasía sería el resultado de la labor de hombres que procurarían arrastrar discípulos en pos de sí (Hechos 20:30). Él, como siervo de Cristo, sería el último en la tierra en atraer a la gente hacia sí mismo. Si bien Dios usa agentes humanos tales como Pablo, es Dios mismo quien llama. No somos más que embajadores de Cristo. Es Dios quien ruega por medio nuestro, para que los hombres se reconcilien con Dios (2 Cor. 5:20). Puede haber muchas bocas, pero se trata solamente de una voz.



Separándose de Dios



Puesto que los hermanos de Galacia estaban separándose de Aquel que los llamó, y dado que es Dios quien llama misericordiosamente a los hombres, es evidente que estaban desertando del Señor. Juntarse o separarse de un hombre es un asunto relativamente menor, pero estar unido a Dios es algo de importancia vital.

Muchos parecen pensar que si se mantienen simplemente como 'miembros en situación normalizada' en esta o aquella iglesia, pueden estar seguros. Pero la única consideración determinante es: ¿Estoy unido al Señor, y estoy andando en su verdad? Si uno está unido al Señor, encontrará rápidamente su lugar entre el pueblo de Dios, ya que aquellos que no constituyen su pueblo, no tolerarán por mucho tiempo entre ellos a un celoso seguidor de Dios. Cuando Bernabé fue a Antioquía, exhortó a los hermanos a "permanecer con corazón firme unidos al Señor" (Hechos 11:22 y 23). Era todo cuanto hacía falta. Si hacemos así, encontraremos muy pronto al pueblo que es propiedad de Dios.

Los que estaban abandonando al Señor, estaban ciertamente "sin Dios en el mundo", en la misma medida en la que se estaban separando de Él. Pero los que se hallan en esa situación son gentiles, o sea, paganos (Efe. 2:11 y 12). Así que los hermanos Gálatas estaban regresando al paganismo. No podía ser de otra forma, ya que toda vez que el cristiano se deje ir del Señor, caerá irremisiblemente en su antigua vida de la que había sido salvado. Es imposible imaginar una situación más desesperada que la de estar "sin Dios" en este mundo.



"Otro evangelio"



¿Cómo puede abrirse camino "otro evangelio"? El verdadero evangelio "es poder de Dios para salvación a todo el que cree" (Rom. 1:16). Dios mismo es el poder, y abandonarlo a Él implica abandonar el evangelio de Cristo.

Para que algo pueda pasar por "evangelio", ha de pretender traer salvación. Si no ofreciera más que muerte, jamás podría identificarse con "evangelio", que significa "buenas nuevas", o "alegres nuevas". Una promesa de muerte jamás encajaría en ese concepto. Para que una doctrina falsa pueda pasar por evangelio, ha de pretender ser el camino de la vida. De otra forma no podría engañar a nadie. Los Gálatas estaban siendo seducidos a apartarse de Dios, hacia algo que les prometía vida y salvación, pero mediante otro poder distinto del que proviene de Dios. Ese otro evangelio no era más que un evangelio de hombres. Una cosa falsa es la apariencia de algo que en realidad no existe. Una máscara no es un ser humano. Así, ese otro evangelio al que estaban siendo seducidos los Gálatas no era más que un evangelio pervertido: una falsificación, un engaño.



No tenía nada que ver con el auténtico evangelio.



Se plantea la cuestión: ¿Cuál es el auténtico evangelio? ¿Es el que Pablo predicó, o el que predicaban sus opositores?

Tan ciertamente como Jesucristo es para nosotros el poder de Dios, y no hay otro nombre debajo del cielo en el que podamos ser salvos, no hay más que un único y auténtico evangelio. Es el que Pablo predicó a los Gálatas, y también a los corintios: el evangelio de "Jesucristo, y... éste crucificado", el mismo que predicaron Enoc, Noé, Abraham, Moisés e Isaías. "De él dan testimonio todos los profetas, de que todos los que creen en él, reciben el perdón de los pecados en su Nombre" (Hechos 10:43).

Si un hombre, o incluso un ángel del cielo, predicaran en oposición a lo que Pablo y los profetas enseñaron, se estaría colocando a sí mismo bajo la condenación. No hay dos normas para el bien y el mal. Lo que traería hoy condenación es lo mismo que la habría traído hace cinco mil años. El plan de la salvación ha sido exactamente el mismo en todo tiempo. El evangelio predicado a Abrahán (Gál. 3:8) era genuino, y fue asistido por ángeles. Los profetas de antaño predicaron ese mismo evangelio (1 Pedro 1:11 y 12). Si el evangelio que predicaron hubiese sido otro evangelio diferente del que Pablo predicó, hasta incluso ellos habrían resultado "condenados".

Pero ¿por qué es digno de condenación el que predica otro evangelio? Porque es la manera de conducir a otros a la condenación, llevándoles a confiar para su salvación en algo falso, carente de realidad. Dado que los Gálatas se estaban apartando de Dios, estaban poniendo su confianza de ser salvos, en el poder que supuestamente tiene el hombre, en su propio poder. Pero ningún hombre puede salvar a otro (Sal. 49:7 y 8). Y "maldito el que confía en el hombre, el que se apoya en la carne, y su corazón se aparta del Eterno" (Jer. 17:5). El que trae maldición sobre los demás debe ciertamente resultar maldito él mismo.

"Maldito el que desvíe del camino al ciego" (Deut. 27:18). Si eso es así de quien hace que tropiece el que está físicamente privado de la visión, ¡cuánto más cierto será de quien hunda a otro en la ruina eterna! Engañar a la gente con una falsa esperanza de salvación; ¿podría haber alguna cosa peor? Es inducir a que otros edifiquen su casa sobre el abismo sin fondo.



Un ángel del cielo



Pero ¿es acaso posible que "un ángel del cielo" pueda predicar otra cosa que no sea el verdadero evangelio? Ciertamente, aunque no se tratará de un ángel que haya descendido recientemente del cielo. "Y no es de extrañar, porque el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Así, no es mucho si también sus ministros se disfrazan de ministros de justicia" (2 Cor. 11:14 y 15). Se trata de los que se aparecen diciendo ser los espíritus de los muertos, y que pretenden traer mensajes de ultratumba. Predican invariablemente "otro evangelio" diferente al de Jesucristo. Guárdate de ellos. "Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad si los espíritus son de Dios " (1 Juan 4:1). "¡A la Ley y al Testimonio! Si no hablan conforme a esto, es porque no les ha amanecido" (Isa. 8:20). Nadie que posea la Palabra de Dios tiene por qué resultar engañado. De hecho, es imposible que lo sea, mientras se aferre a la Palabra.



10. Porque, ¿busco yo ahora la aprobación de los hombres, o la de Dios? ¿Busco agradar a hombres? Si todavía tratara de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.



En los primeros tres siglos, la iglesia resultó leudada por el paganismo, y a pesar de las reformas, persiste aún mucho de él. Tal ha sido el resultado de procurar "agradar a los hombres". Los obispos pensaron que podrían ganar influencia entre los paganos rebajando la elevada norma de algunos principios del evangelio, y así lo hicieron. El resultado fue la corrupción de la iglesia.

El amor al yo está siempre en el fondo de los esfuerzos por conformar y complacer a los hombres. Los obispos deseaban (quizá muchas veces sin ser conscientes de ello) atraer discípulos en torno a sí (Hechos 20:30). Comprometían y pervertían la verdad para ganar el favor de la gente.

Así ocurría en Galacia. Los hombres estaban pervirtiendo el evangelio. Pero Pablo procuraba complacer a Dios, y no a los hombres. Él era siervo de Dios, y solamente a Él tenía que complacer. Ese principio está vigente en toda rama del servicio. Los obreros que procuran complacer a los hombres no serán nunca obreros fieles, ya que trabajarán bien solamente cuando su obra pueda ser vista, y menospreciarán todo trabajo que no haya de ser objeto de evaluación. Pablo exhorta en estos términos: "Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no para ser vistos, como los que quieren agradar a los hombres, sino con sinceridad de corazón, por respeto a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor, y no para los hombres" (Col. 3:22-24).

Hay una tendencia a suavizar el filo de la verdad, a fin de no perder el favor de alguien poderoso o influyente. ¡Cuántos no han asfixiado la convicción, por temor a perder dinero o posición! Que todos recuerden: "Si todavía tratara de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo". Pero eso no significa que hayamos de ser rudos o descorteses. No significa que hayamos de causar a alguien un agravio innecesario. Dios es bondadoso con los desagradecidos e impíos. Hemos de ser ganadores de almas, así que hemos de manifestar un talante ganador. Hemos de demostrar las cualidades subyugadoras de Aquel que es todo amor, del Crucificado.



11. Os hago saber, hermanos, que el evangelio que ha sido anunciado por mí, no es de hombres;

12. Pues ni lo recibí, ni lo aprendí de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo.



El evangelio es divino, no humano. En el primer versículo el apóstol dice que no fue enviado por hombres, y que no está deseoso de complacerlos a ellos, sino a Cristo. Está claro que el mensaje que trajo provenía enteramente del cielo. Por nacimiento y por educación era contrario al evangelio, y cuando se convirtió, medió una voz proveniente del cielo. El Señor mismo se le apareció en el camino, mientras respiraba amenazas y muerte contra los santos de Dios (Hechos 9:1-22).

No hay dos personas cuya experiencia en la conversión sea idéntica. Sin embargo, los principios generales son siempre los mismos. Como Pablo, todos han de ser convertidos. Pocos tendrán una experiencia tan sobrecogedora como la de él; pero si es genuina, será una revelación del cielo tan ciertamente como lo fue la de Pablo. "Todos tus hijos serán enseñados por el Eterno" (Isa. 54:13). "Todos serán enseñados por Dios. Así, todo el que oye, y aprende del Padre, viene a mí" (Juan 6:45). "La unción que vosotros recibisteis de él, permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe" (1 Juan 2:27).

Pero no vayamos a suponer que en la comunicación del evangelio está de más el agente humano. Dios puso en la iglesia apóstoles, profetas, maestros y otros (1 Cor. 12:28). Es el Espíritu de Dios el que obra en todos ellos. No importa por medio de quién haya oído uno la verdad por primera vez, debe recibirla como viniendo directamente del cielo. El Espíritu Santo capacita a quienes desean hacer la voluntad de Dios para que reconozcan la verdad, tan pronto como la vean o la oigan; y éstos la aceptarán, no apoyándose en la autoridad de la persona que se la presentó, sino en la autoridad del Dios de verdad. Podemos estar tan seguros de la verdad que sostenemos y enseñamos, como lo estuvo el apóstol Pablo.

Pero cuando sea que alguien cite el nombre de algún erudito tenido en gran estima, para justificar una creencia, o para darle más peso ante otro u otros a quien se pretende convencer, podemos estar seguros de que no conoce la verdad que profesa. Puede ser verdad, pero no conoce por sí mismo lo que es la verdad. Sin embargo, es el privilegio de todos el conocerla (Juan 8:31 y 32). Cuando uno mantiene una verdad que viene directamente de Dios, diez mil veces diez mil grandes nombres en favor de ella, no añadirían el peso de una pluma a su autoridad; como tampoco le restaría lo más mínimo la oposición de todos los grandes hombres de la tierra.



La revelación de Jesucristo



Observa que el mensaje de Pablo no es simplemente una revelación que proviene de Jesucristo, sino que es la "revelación de Jesucristo". No se trata simplemente de que Cristo comunicó algo a Pablo, sino de que Él se reveló a sí mismo a Pablo. El misterio del evangelio es Cristo en el creyente, la esperanza de gloria (Col. 1:25-27). Solamente así puede conocerse, y darse a conocer, la verdad de Dios. Cristo no se mantiene alejado, limitándose a enunciar principios rectos para que los sigamos, sino que Él mismo influye en nosotros, toma posesión de nosotros en la medida en que nos sometemos a Él, y manifiesta su vida en nuestra carne mortal. Sin la fragancia de su Presencia, no puede haber predicación del evangelio. Jesús se reveló en Pablo a fin de que éste pudiera predicarlo entre los paganos. No iba a predicar acerca de Cristo, sino a Cristo mismo. "Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo el Señor" (2 Cor. 4:5).

Dios anhela intensamente revelar a Cristo en todo hombre. Leemos acerca de hombres "que suprimen la verdad con su injusticia". Y que "lo que se puede conocer de Dios, es manifiesto a ellos... su eterno poder y divinidad... de modo que no tienen excusa" (Rom. 1:18-20). Cristo es la verdad (Juan 14:6) y también el poder de Dios (1 Cor. 1:24); Él es Dios (Juan 1:1). Por lo tanto, el mismo Cristo es la verdad que los hombres "suprimen". Él es la divina palabra de Dios dada a todos los hombres, a fin de que puedan cumplirla (Deut. 30:14; Rom. 10:6-8).

Pero en muchos, Cristo está tan "suprimido", que resulta difícil reconocerlo. El hecho mismo de que viven es prueba de que Cristo los ama y quisiera salvarlos. Pero está obligado a aguardar pacientemente el momento en el que reciban la Palabra, de modo que la vida perfecta de Cristo se manifieste en ellos.

Eso puede suceder en todo aquel que así lo quiera, ahora, no importa cuán pecaminoso y degradado sea. Place a Dios hacerlo así; por lo tanto, que cese toda resistencia.



13. Ya habéis oído acerca de mi conducta anterior en el judaísmo, que perseguía sobremanera a la iglesia de Dios, y la asolaba.

14. Y en el judaísmo aventajaba a muchos compatriotas de mi nación, y era mucho más celoso que todos por las tradiciones de mis padres.

15. Pero cuando Dios, que me apartó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, se dignó

16. revelar a su Hijo en mí, para que lo predicara entre los gentiles, en seguida, sin consultar con carne y sangre,

17. sin ir a Jerusalén, a los que eran apóstoles antes que yo, fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco.



¿Por qué persiguió así Pablo a la iglesia, intentando destruirla? Él mismo nos informa: sencillamente, ¡porque era celoso de las tradiciones de sus padres! Ante Agripa, declaró: "Yo creí que era mi deber hacer muchas cosas contra el Nombre de Jesús de Nazaret. Lo que también hice en Jerusalén. Con autoridad recibida de los principales sacerdotes, encarcelé a muchos de los santos; y cuando eran matados, di mi voto. Y muchas veces, castigándolos por todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras" Hechos 26:9-11.

Manifestando ese celo insensato por las tradiciones de sus padres, Pablo pensaba que era "celoso de Dios" (Hechos 22:3). Parece increíble que alguien que profesaba adorar al Dios verdadero pudiera albergar ideas tan falsas sobre Él como para suponer que le complace un servicio como ese; sin embargo ese amargo e implacable perseguidor de los cristianos pudo decir años después: "Yo con toda buena conciencia me he portado delante de Dios hasta el día de hoy" (Hechos 23:1). Aunque intentando asfixiar la convicción creciente que sobre él se cernía cuando presenciaba la paciencia de los cristianos y cuando oía sus testimonios en favor de la verdad, a las puertas de la muerte, en realidad Saulo no estaba asfixiando voluntariamente su conciencia. Al contrario, ¡estaba esforzándose por preservar una conciencia irreprochable! Tan profundamente se le habían inculcado las tradiciones farisaicas que estaba seguro de que aquellas molestas convicciones debían de ser sugeridas por un mal espíritu, contra el que tenía el deber de luchar. De esa forma, las convicciones del Espíritu de Dios, durante algún tiempo, no lograron más que redoblar su celo contra los cristianos. Si alguna persona carecía de pronunciamientos favorables a simpatizar con los cristianos, era Saulo, el fariseo lleno de justicia propia. Era en verdad un joven sobresaliente, a quien los dirigentes judíos miraban con orgullo y expectación, confiando en que contribuiría grandemente a la restauración de la antigua grandeza de la nación y religión judía. Desde el punto de vista del mundo, ante Saulo se desplegaba un futuro prometedor. Sin embargo, lo que para él era ganancia, lo consideró pérdida por amor de Cristo, por cuya causa lo perdió todo (Fil. 3:7 y 8).

Pero el judaísmo no era la religión de Dios ni la de Cristo. Era tradición humana. Muchos cometen un error mayúsculo al considerar el Judaísmo como la religión del Antiguo Testamento. El Antiguo Testamento enseña tanto Judaísmo como Romanismo enseña el Nuevo. La religión del Antiguo Testamento es la religión de Jesucristo.

Cuando Pablo estaba adherido al Judaísmo, en realidad no creía en el Antiguo Testamento que leía y oía diariamente, puesto que no lo entendía. De haberlo hecho, habría creído prontamente en Cristo. "Porque los habitantes de Jerusalén y sus gobernantes, desconociendo a Jesús, y las palabras de los profetas que se leen cada sábado, las cumplieron al condenarlo" (Hechos 13:27).

Las tradiciones de los padres llevaban a transgredir los mandamientos de Dios (Mat. 15:3). Dios declaró del pueblo judío: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres" (8 y 9). Pero Jesús no tuvo palabra alguna de condenación que dirigir contra Moisés o sus escritos. Dijo a los judíos: "Si vosotros creyeseis a Moisés, me creeríais a mí; porque él escribió de mí" (Juan 5:46). Todo lo que los escribas leyeran y ordenaran a partir de esos escritos, era necesario seguirlo, pero no el ejemplo que ellos daban, puesto que no obedecían las Escrituras. "En la cátedra de Moisés se sentaron los escribas y los fariseos. Así, lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; pero no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen" (Mat. 23:2 y 3). Cristo añadió: "Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, las ponen sobre los hombros de los demás, y ellos ni aún con un dedo las quieren mover" (verso 4).

No se trataba de los mandamientos de Dios, ya que "sus Mandamientos no son gravosos" (1 Juan 5:3). Tampoco eran cargas impuestas por Cristo, puesto que "mi carga es ligera", dice Él (Mat. 11:30). Esos maestros judaizantes no estaban presentando a los nuevos conversos la Biblia, ni parte alguna de ella, ni estaban procurando llevarlos a seguir las Escrituras redactadas por Moisés. ¡Al contrario! Les estaban alejando de la Biblia, y estaban sustituyendo su enseñanza por mandamientos de hombres. Eso fue lo que indignó a Pablo. La religión de los judíos era algo enteramente diferente a la religión de Dios, tal como enseña la ley, los profetas y los salmos.

En su camino a Damasco, "respirando aún amenazas y muerte", Saulo estaba procediendo con plena autorización a apresar y encarcelar a todos los cristianos, hombres y mujeres, cuando fue súbitamente detenido, no por manos humanas, sino por la excelsa gloria del Señor. Tres días después el Señor dijo a Ananías, al enviarlo para devolver la vista a Pablo: "Ve, porque este hombre es un instrumento elegido por mí, para llevar mi Nombre a los gentiles, a los reyes y al pueblo de Israel" (Hechos 9:15).

¿Desde cuándo había sido Saulo elegido para ser el mensajero del Señor? Él mismo nos lo dice: "Desde el seno de mi madre". Pablo no es el primero de quien sabemos haber sido apartado desde el mismo nacimiento para la obra de su vida. Recordemos el caso de Sansón (Jueces 13). Juan el Bautista fue elegido, y su carácter y obra habían sido descritos meses antes de su nacimiento. El Señor dijo a Jeremías: "Antes de formarte en el seno te conocí, y antes que nacieras te aparté, y te designé por profeta a las naciones" (Jer. 1:5). Ciro, el rey pagano, fue llamado por su nombre más de cien años antes que naciera, y se le hizo saber acerca de su papel en la obra de Dios (Isa. 44:28; 45:1-4).

No se trata de casos aislados. Lo mismo que los Tesalonicenses, todo ser humano puede tener la seguridad de "que Dios os haya elegido desde el principio para salvación, mediante la obra santificadora del Espíritu y la fe en la verdad" (2 Tes. 2:13). A cada uno corresponde afirmar esa vocación y elección. Aquel "que quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad" (1 Tim. 2:4), ha encomendado también a cada uno su propia obra (Mar. 13:34). Así, Aquel que ha provisto que hasta la creación inanimada dé testimonio, espera que el hombre –la culminación de su creación sobre la tierra– le rinda voluntariamente ese testimonio, tal como sólo la inteligencia humana puede hacerlo.

Todo hombre ha sido elegido para testificar de Dios; a todos se les asigna esa labor. A lo largo de la vida, el Espíritu contiende con todo hombre a fin de inducirlo a que se emplee en la obra a la que Dios le ha llamado. Sólo el día del juicio revelará las maravillosas oportunidades que los hombres han desaprovechado temerariamente. Saulo, el violento perseguidor, vino a ser el poderoso apóstol. ¿Quién puede imaginar todo el bien que hubiesen podido efectuar otros hombres cuyo gran poder sobre sus semejantes se ha ejercido solamente para el mal, si ellos también se hubiesen sometido a la influencia del Espíritu Santo? No todos pueden ser Pablo; pero la verdad de que cada uno, de acuerdo con la capacidad que Dios le dio, ha sido elegido y llamado por Dios para testificar en su favor, dará un significado nuevo a la vida.

¡Qué pensamiento tan maravilloso, gozoso y a la vez solemne, que a todos los seres humanos que vemos a nuestro alrededor, Dios les ha encomendado su obra peculiar! Son todos siervos del Dios Todopoderoso, habiéndose asignado a cada uno su propio servicio. Debiéramos ser extremadamente cuidadosos en no obstaculizar a nadie en el más mínimo grado, en el desempeño de su labor divinamente asignada.

Puesto que es Dios quien asigna a cada persona su obra, cada uno debe recibir sus órdenes de Dios, y no de los hombres. Por ello debiéramos ser más que cautelosos en dictar a nadie, en relación con su deber. El Señor puede exponerles a ellos su deber, tan claramente como a nosotros; y si no le oyen a Él, difícilmente nos oirán a nosotros, incluso aunque pudiésemos dirigirlos al camino correcto. "No es del hombre determinar su camino" (Jer. 10:23). ¡Cuánto menos determinar el camino de los demás!



Contendiendo con carne y sangre



Pablo no fue a Jerusalén sino hasta tres años después de su conversión. Permaneció allí solamente quince días, y vio únicamente a dos de los apóstoles. Los hermanos estaban atemorizados por su causa, y se resistían a creer que fuese realmente un discípulo. Es pues evidente que Pablo no recibió el evangelio por intermedio de ningún hombre.

Hay mucho que aprender sobre eso de que Pablo no contendió con carne y sangre. A decir verdad, no tenía necesidad de ello, pues contaba con la palabra del propio Señor. Pero un proceder tal es absolutamente inhabitual. Es más común que uno lea una cosa en la Biblia, e inmediatamente vaya a pedir la opinión de algún otro hombre, antes de atreverse a creerla. Si ninguno de sus amigos la cree, entonces teme aceptarla. Si su pastor, o cierto comentario, explican el texto de determinada manera, se atiene a ello. Se da crédito a la "carne y sangre", más bien que al Espíritu y a la Palabra.

Puede suceder que el mandamiento sea tan claro, que no exista excusa razonable para acudir a nadie en busca de su significado. La cuestión, entonces, es simplemente: '¿Puedo permitirme aceptar eso? ¿No me costará un sacrificio demasiado grande?' La "carne y sangre" más peligrosa con la que uno pueda contender, es la propia. No es suficiente con ser independiente de otros; en materia de la verdad uno debe mantenerse también independiente de sí mismo. "Fíate de Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia" (Prov. 3:5).

Un papa es alguien que pretende ocupar –en el consejo–, el lugar que en derecho sólo corresponde a Dios. Aquel que se erige a sí mismo en papa –al seguir su propio consejo–, es tan reprobable como el que dicta a otro; y es más fácil que se extravíe, que aquel que sigue a otro papa diferente de sí mismo. Si de seguir a un papa se tratara, sería más sensato aceptar al de Roma, por poseer más experiencia en el papado que ningún otro. Ahora bien, ninguno de ellos es necesario, puesto que disponemos de la Palabra de Dios. Cuando Dios habla, lo único razonable es obedecer al punto sin esperar otro consejo, ni siquiera el que viene del propio corazón de uno mismo. El nombre del Señor es "Consejero" (Isaías 9:6), y Él es "maravilloso" aconsejando. ¡Óyele!



"En seguida"



No había tiempo que perder. Al perseguir a la iglesia, Pablo había creído estar sirviendo a Dios, y en el mismo momento en que comprendió su error, rectificó. Al ver a Jesucristo de Nazaret, lo reconoció como a su Señor, y clamó inmediatamente: "Señor, ¿qué quieres que haga?". Estaba dispuesto a ponerse manos a la obra sin dilación, y del modo correcto. Su actitud corresponde verdaderamente a la descrita por el Salmo 119:60: "Me apresuro sin demora a guardar tus Mandamientos". "Por el camino de tus Mandamientos correré, porque tú has ensanchado mi corazón" (verso 32).

Pablo refiere que Cristo se reveló en él a fin de que pudiera predicarlo entre los gentiles, es decir, los paganos. En 1ª de Corintios 12:2 leemos: "Sabéis que cuando erais gentiles, erais llevados a los ídolos mudos". Observa que los corintios habían sido "gentiles", ¡pero dejaron de serlo al hacerse cristianos!

"Simón ha contado cómo Dios intervino por primera vez para procurar entre los gentiles un pueblo para su Nombre" (Hechos 15:14), y Santiago se refirió a los creyentes en Antioquía y sus alrededores, como "los gentiles que se convierten a Dios" (verso 19). El pueblo de Dios es tomado de entre los gentiles, pero una vez que han sido tomados, dejan de ser gentiles. Abraham, el padre de Israel, fue tomado de entre los paganos (Josué 24:2), de igual modo en que Israel es tomado de entre los gentiles. Es de esa forma como "todo Israel será salvo" al entrar la plenitud de los gentiles (Rom. 11:25 y 26).

En el Salmo 2:1-3, leemos: "¿Por qué se amotinan las naciones [gentiles, paganos], y los pueblos conspiran en vano? Se levantan los reyes de la tierra, y príncipes consultan juntos contra el Eterno y contra su Ungido, diciendo: '¡Rompamos sus lazos, librémonos de sus cuerdas!' ". Cuán a menudo vemos cumplida esa Escritura en ciertas personas que exclaman con aire triunfal: '¡Muéstrame algún lugar en el que se ordene a los gentiles que guarden los mandamientos!', dando a entender que ellos son gentiles, y que por lo tanto, se han quitado de encima las leyes de Dios. Pero contándose entre los gentiles, no se están colocando en ninguna clase precisamente honorable. Es cierto que a los gentiles no se les ordena guardar los mandamientos, como tales gentiles, puesto que eso sería imposible: tan pronto como acepten a Cristo, y la ley del Espíritu de vida en Él, dejarán de ser gentiles. El gran deseo que Dios tiene de salvar de su estado a los gentiles, trayéndolos a Él, está claramente demostrado por el ministerio mismo de Pablo (por no decir nada del de Cristo).

El Señor estaba tan deseoso de la conversión de los gentiles hace tres mil años, como lo está hoy. Se les predicó el evangelio antes de la primera venida de Cristo, tanto como después de ella. El Señor se dio a conocer a todas las naciones mediante muchas y diferentes agencias. Jeremías fue especialmente elegido como el profeta de los gentiles (o paganos). "Antes de formarte en el seno te conocí, y antes que nacieras te aparté, y te designé por profeta a las naciones" (Jer. 1:5). La palabra hebrea que aquí se ha traducido por "naciones" es la que se traduce ordinariamente como "paganos". Nadie imagine que Dios confinara jamás su verdad a ningún pueblo, judío o gentil. "No hay diferencia entre judío y griego; ya que uno mismo es Señor de todos, y es generoso con todos los que lo invocan" (Rom. 10:12).



La predicación del neoconverso



Tan pronto como Pablo se convirtió, "en seguida empezó a predicar en las sinagogas a Jesús" (Hechos 9:20). ¿No resulta sorprendente que de la noche a la mañana fuese capaz de predicar tan poderosamente? En verdad, es ya algo maravilloso el que alguien pueda predicar a Cristo. Pero no hay que suponer que Pablo obtuviera su conocimiento de forma instantánea, sin estudio alguno. Recuérdese que durante toda su vida había estudiado diligentemente las Escrituras. Pablo, que estaba más avanzado que ningún otro en sus días, estaba tan familiarizado con las palabras de la Biblia como lo está el primero de la clase con la tabla de multiplicar. Pero su mente había sido cegada por las tradiciones de los padres que simultáneamente se le habían inculcado. La ceguera que le sobrevino al ser rodeado de aquella luz deslumbrante, en el camino a Damasco, no era más que una representación de la ceguera de su mente; y las escamas que cayeron de sus ojos, ante el mensaje de Ananías, indicaban que se hacía en él la luz de Palabra, disipándose las tinieblas de la tradición.

Puesto que la predicación constituyó el núcleo de su incesante actividad, podemos estar seguros de que no debió dedicar la totalidad de los meses pasados en Arabia al estudio y la contemplación. Había sido un perseguidor tan implacable, y tanto de la gracia había recibido, que contaba como pérdida todo el tiempo durante el cual no había podido revelar la gracia a otros, siendo éste su sentir: "¡Ay de mí, si no anunciara el evangelio!" (1 Cor. 9:16). Predicó en las sinagogas –en Damasco–, tan pronto como se convirtió, antes de ir a Arabia. Por lo tanto, resulta lógico concluir que predicó el evangelio a los árabes. Allí debió poder predicar sin ser inquietado por la oposición que siempre tuvo que enfrentar cuando se encontraba entre los judíos; por lo tanto, sus labores en la predicación no debieron interferir significativamente en su meditación sobre el nuevo mundo que ante él se abría.



18. Después, pasados tres años, fui a Jerusalén a ver a Pedro, y estuve con él quince días.

19. Y a ningún otro de los apóstoles vi, sino a Santiago, el hermano del Señor.

20. Y en esto que os escribo, os aseguro ante Dios que no miento.

21. Después fui a las regiones de Siria y de Cilicia.

22. Yo era desconocido de vista por las iglesias de Judea, que eran de Cristo.

23. Sólo oían decir: "el que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo destruía".

24. Y glorificaban a Dios por causa de mí.



Nunca tengas por incorregible a un opositor al evangelio. Hay que instruir con mansedumbre a los que se oponen, pues ¿quién sabe si Dios les dará arrepentimiento para el conocimiento de la verdad?

Muy bien se podría haber dicho de Pablo: 'Ha dispuesto de la luz con tanta claridad como ningún otro. Se le ha dado toda oportunidad; no sólo ha oído el testimonio inspirado de Esteban, sino también las confesiones de muchos mártires en los últimos momentos de su vida. Está empedernido. Es inútil esperar nada bueno de él.' Sin embargo, ese mismo Pablo vino a ser el mayor predicador del evangelio. Tanto como encarnizado perseguidor fuera antes.

¿Hay algún opositor maligno contra la verdad? No lo combatas, ni le reproches. Deja que guarde para sí toda su amargura y enemistad, mientras tú te aferras a la Palabra de Dios y a la oración. Puede estar muy próximo el momento en el que Dios, que ahora es blasfemado, resulte en él glorificado.



Glorificando a Dios



Cuán diferente del caso de Pablo fue el de aquellos a quienes dijo: "el Nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles, por causa de vosotros" (Rom. 2:24). Todo aquel que haga profesión de seguir a Dios, ha de ser un medio de glorificar su nombre; y sin embargo, muchos hacen que sea blasfemado. ¿Cómo podemos hacer que su nombre sea glorificado? "Así alumbre vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo" (Mat. 5:16).

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