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Marshal Grosbol -El pecado de MEROZ

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Marshal Grosbol -El pecado de MEROZ

Mensaje por Admin el Lun Mayo 31, 2010 7:31 am

EL PECADO DE MEROZ




Todas las citas bíblicas y del Espíritu de Profecía en este artículo fueron tomadas de la Biblioteca Electrónica Fundamento de la Esperanza.


Por veinte años los hijos de Israel habían sufrido bajo el dominio de Javín, rey de Canaán, y Sísara, su capitán. Año tras año Israel no había estado dispuesto a reconocer que la desobediencia al Señor era la causa de sus calamidades y sufrimientos. Muchos jamás admitieron la causa. Pensaban que eran acontecimientos naturales, pero cuando les quemaba sus casas y aumentaban los asaltos, cuando les robaban sus hijas o esposas para que fueran esclavas de un tirano pagano, con cada violación y muerte que se producía, los que eran más sensibles al Espíritu de Dios, experimentaron una nueva convicción de sus pecados, hasta que finalmente un alto porcentaje se arrepintió y en humildad clamó a Dios por ayuda, algo que podrían haber hecho veinte años antes. “Entonces los israelitas clamaron al Señor, porque aquél tenía novecientos carros herrados, y durante veinte años había oprimido cruelmente a los israelitas” (Jueces 4:39).

Los hijos de Israel no tenían implementos de guerra, porque se los habían confiscado; por el contrario, los cananeos estaban totalmente armados y dirigidos por capitanes entrenados.

Finalmente, en su situación extrema, los hijos de Israel se volvieron al Señor y él escuchó sus oraciones, pero no las respondió en la forma en que esperaban. Querían un general, pero les envió a una mujer, Débora, a quien Dios había elegido para juzgar a Israel en ese tiempo, y también le había dado el don de profecía y la había hecho líder de Israel. En respuesta al clamor de su pueblo, por medio de ella, su profetisa elegida, les envió un mensaje. “Ella mandó llamar a Barac hijo de Abinoam, de Cedes de Neftalí, y le dijo: ¿No te mandó el Eterno, que vayas al monte Tabor y reúnas a diez mil hombres de Neftalí y Zabulón, y yo atraeré a ti al arroyo Cisón, a Sísara, jefe del ejército de Jabín, con sus carros y su ejército, y lo entregaré en tus manos?” Barac respondió: “Si tú vienes conmigo, iré. Si no vienes conmigo, no iré” (Jueces 4:6-8).

Barac, en su temor, rehusó ir a menos que Débora fuera con él. Ella fue porque era tan valiente en la batalla como lo era aconsejando o dando un testimonio directo a Israel, pero le advirtió a Barac que porque no obedeció al Señor, sino que dependió de ella, la victoria se obtendría por manos de otra mujer. Le contestó: “lré contigo. Pero la honra no será tuya, porque en mano de una mujer entregará el Eterno a Sísara. Y Débora se levantó y fue con Barac a Cedes” (versículo 9). Así fue como Débora dirigió el ejército y Jael, la esposa de Heber, cuñado de Moisés, mató al comandante de los cananeos. “En los días de Samgar hijo de Anat, en los días de Jael, los caminos quedaron desiertos, los caminantes se apartaban por senderos sinuosos. Las aldeas habían cesado en Israel, habían decaído, hasta que yo, Débora, me levanté, me levanté madre en Israel. Cuando elegían nuevos dioses, la guerra llegaba a las puertas, y no se veía lanza ni escudo entre cuarenta mil en Israel” (Jueces 5:6-8, 24).

¡Qué descripción se hace aquí de los últimos días! Así como Israel, porque se había apartado del Señor, fue llevado cautivo por una nación pagana, muchos murieron y el remanente tuvo que esconderse en las rocas y en las montañas. Así por muchos años, el Israel espiritual, debido a su apostasía en los primeros siglos, ha estado bajo el dominio del poder de la bestia. Como dice la Biblia, muchos murieron y el remanente tuvo que esconderse en el desierto. Pero en los últimos días, debido al clamor del pueblo de Dios, se está proclamando un mensaje decidido al mundo, representado por un ángel que vuela por medio del cielo, clamando en alta voz a todos los moradores de la tierra. El pueblo de Dios ya no estaría escondido, sino que debería estar en primera plana y tomar su lugar ante el mundo

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Re: Marshal Grosbol -El pecado de MEROZ

Mensaje por Admin el Lun Mayo 31, 2010 7:33 am

Mujeres en la obra.-



Cuando Dios trató de dirigir a su pueblo en este último gran esfuerzo, eligió a un hombre. Llamó a un líder para comunicarle su voluntad para la iglesia, y conducirla a la victoria. Primero llamó a William Foy, luego a Hazen Foss, y ambos rehusaron. Entonces se apartó de ellos y dijo: “Voy a buscar al más débil de los débiles”. Eligió una jovencita que no se esperaba que viviera mucho, y a través de ella envió sus mensajes para conducir a su pueblo a la victoria. Además, se nos dice que no solamente Dios eligió a una mujer para comunicarse con su pueblo en el principio, sino que también se valdrá de mujeres en este conflicto, hasta el mismo fin, hasta su culminación: “Después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne. Vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos tendrán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Hasta sobre los siervos y las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días” (Joel 2:28, 29).

Elena de White, escribe lo siguiente: “En la hora undécima el Señor llamará a su servicio a muchos obreros fieles. Hombres y mujeres dispuestos a sacrificarse a sí mismos tomarán los lugares que dejará vacantes la apostasía y la muerte. A los jóvenes y señoritas, así como a los mayores, Dios les dará poder supremo. Con mentes, manos, pies y lenguas transformadas, y con sus labios tocados con un carbón encendido del altar divino, avanzarán constantemente en el servicio del Maestro, hacia delante y hacia arriba. Impulsarán la obra hasta que llegue a su culminación” (The Youth’s Instructor [Guía para jóvenes], 13 de febrerode 1902).

No seamos muy rígidos en nuestras ideas de cómo puede emplear Dios a hombres y a mujeres. En los días de Israel eligió a una mujer para dirigir su ejército y eligió a otra para lograr la victoria. Así también, en su obra final, Dios utilizará mujeres. Antes de que Jesús regrese, algunos morirán en la batalla, algunos apostatarán, otros serán enviados a prisión o serán apartados de una manera u otra. Dios usará a jóvenes y señoritas y también a personas mayores para llenar las filas, para llevar su obra adelante y hacia arriba hasta su conclusión. Amigos, la obra se terminará.




Poniendo la vida en juego



Si bien es cierto que algunas cosas relacionadas con la victoria de Débora, Barac y Jael señalan hacia la conclusión gloriosa de la obra de Dios, también hay elementos decepcionantes en la historia que ilustran la frustración final de la obra de Dios en esta tierra.

En Jueces 5:14-17 Débora menciona varias tribus a las que se les había propuesto que vinieran a ayudar al Señor y se unieran al combate. El llamado de armarse para la batalla, se dio a Efraín, Benjamín, Manasés [que es Machir], Zabulón, Izachar, Rubén, Galaad [la otra mitad de Manasés], Dan, Aser y Neftalí. A diez de las doce tribus se las menciona por nombre. En todas las otras, sin dudas había cientos de miles de hombres calificados, pero ¿cuántos vinieron en ayuda del Señor? De las diez tribus citadas, ¿cuántas respondieron? En Jueces 4:14 se nos dice que diez mil fueron en pos de Barac a la batalla. En el versículo 17 de Jueces 5 se dice que Galaad permaneció del otro lado del Jordán para no involucrarse. ¿Por qué se quedó Dan junto a sus navíos? “Pensaron estaremos más seguros aquí pescando”. “Aser se mantuvo junto a la ribera del mar; se quedó en sus puertos”. Zabulón y Neftalí, las dos tribus principales, arriesgaron sus vidas, pero el resto no respondió y Dios no se agradó de ellos. Mientras esos hombres de Israel profesaban ser leales al Señor, no quisieron arriesgar sus vidas contra un enemigo invencible, pero el Señor dice: “El que halle su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39).

En Lucas 14 Jesús dice que hay un costo en la vida del cristiano, y que debemos calcular ese costo para saber si estamos dispuestos a formar parte del ejército del Señor. “El que no carga su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:27). “Si alguno viene a mí, y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (versículo 26) “Así, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (versículo 33).

A menudo me ha conmovido la historia de los hombres de David. En 2 Samuel 23:9,10 hay un ejemplo típico de uno de estos grandes personajes. Entre los que estuvieron dispuestos a dar su vida por Israel, la causa de Dios y su verdad está Eleazar, el hijo de Dodo de Ahohí. Fue uno de los tres valientes que estaban con David cuando desafiaron a los filisteos que se habían reunido para la batalla. Los israelitas habían retrocedido, y un solo hombre se mantuvo firme contra el enemigo; no solo no cedió, sino que se levantó e hirió a los filisteos hasta que su mano se cansó y quedó adherida a la espada. No renunció. “Aquel día el Eterno obró una gran victoria, y el ejército volvió sólo para juntar el botín” (2 Samuel 23:10).
¿Alguna vez se puso usted en el lugar de Eleazar? Los filisteos, contra quienes peleaba, estaban poseídos por el demonio. No eran debiluchos. No estaban jugando simplemente juegos de video; tenían verdaderas espadas y estaban acostumbrados a usarlas para cortarle la cabeza a la gente, y no eran uno o dos, sino cientos. Estaba rodeado y peleó con toda su fuerza, evitando la espada una y otra vez. Eleazar fue a la batalla para dar su vida como mártir de Dios. No esperaba salir vivo del combate. Eleazar dijo: “Moriré por el Señor, no retrocederé” Fue a la batalla y el Altísimo lo protegió entre todos esos cientos de miles, y obtuvo la victoria. Jesús dijo: “El que halle su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39).

Esa es la valentía que Dios espera de su pueblo hoy. Lamentablemente no la encontró en Israel en los días de Débora. En la batalla de Débora y Barac, cuando se hizo un llamado general a Israel, la gente le atribuyó más valor a su vida que al llamado de Dios. No era mala gente. Eran religiosos, se lamentaban por los pecados de Israel y lloraban por su liberación. Se consideraban básicamente buenas y piadosas. No se dice que hayan colaborado con el enemigo. En general apoyaban moralmente la causa, pero no estaban dispuestos a exponer sus vidas. Tenían que cuidar a sus familias y atender sus negocios. Su propio futuro estaba en juego. El Señor usó el término Meroz para describirlos. Podemos leer en Jueces 5:23 lo que dice acerca de este pueblo de Meroz, en el canto de Débora, mientras ella, bajo la inspiración del Señor recordaba los eventos de la batalla y a los que no vinieron en ayuda del Señor, los de Galaad, Dan, Aser y otros. “¡Maldecid a Meroz —dijo el ángel del Eterno—, maldecid severamente a sus habitantes, porque no vinieron en ayuda del Eterno, en ayuda del Eterno contra los fuertes!” (Jueces 5:23).



Laodicea, el Meroz del nuevo testamento.-



Este versículo tiene un significado especial en nuestros días, porque se relaciona con los versículos de Apocalipsis 13:14 en adelante, donde Dios habla del Meroz del Nuevo Testamento, que es el pueblo de Laodicea. Meroz es un prototipo de Laodicea. Es el tipo en el Antiguo Testamento de Laodicea en el Nuevo. Elena de White a menudo menciona la experiencia de Meroz porque ella estaba viviendo en los días de Laodicea. Ella dice lo siguiente acerca de Meroz, “No habían cometido pecados graves, ni violentos, y sin duda estaban sobre el fundamento correcto y Dios aceptaría sus obras. No tenían pecados especiales de los cuales arrepentirse, ni pecados que requirieran humillación especial, confesión humilde, ni desgarramiento del corazón. El engaño de los tales, es sumamente fuerte porque confunden la forma de la piedad con su poder, y se halagan a sí mismos creyendo que son ricos y que no tienen necesidad de nada” (Testimonies [Testimonios], t. 2, p. 395.1).

La maldición de Meroz recaerá sobre esos cristianos infieles a menos que abandonen su apatía. La maldición de Meroz recaerá sobre ellos: “Maldecid a Meroz, dijo el ángel de Jehová; maldecid severamente a sus moradores, porque no vinieron en socorro a Jehová, en socorro a Jehová contra los fuertes” (Testimonies, t. 2, p. 395,396). “Como ilustración de que habéis fallado en acudir a colaborar en la obra de Dios, como era vuestro privilegio hacerlo, se me han señalado estas palabras: Maldecid a Meroz, dijo el ángel de Jehová: Maldecid severamente a sus moradores, porque no vinieron en socorro a Jehová, en socorro a Jehová contra los fuertes” (Servicio Cristiano Eficaz, p. 47).

“¿Qué había hecho Meroz? Nada. Tal era su pecado. La maldición de Dios cayó sobre sus habitantes por lo que no habían hecho” (Testimonios Selectos t. 3 p. 108).

En página tras página de sus escritos, la hermana White menciona diversas formas como el Israel actual no ha acudido en ayuda del Señor. Escribe en Señales de los Tiempos del l9 de diciembre de l878: “Es nuestro anhelo que los que han confiado medios a extraños se den cuenta de que la causa de Dios puede ser beneficiada por su uso. El Señor los ha puesto en sus manos para probarlos, para ver si le devolverán lo que le pertenece cuando Él los llame a hacerlo. No se les han confiado medios para acumularlos ni para usarlos en beneficio propio. Los que están murmurando y quejándose por el desembolso de medios en la casa publicadora y en la iglesia, deberían estar trabajando para hacer su parte, a menos que sean hallados faltos al desempeñar el papel de Meroz. Dios dio un mandato: Maldecid a Meroz, dijo el ángel de Jehová; maldecid severamente a sus moradores, porque no vinieron en socorro a Jehová, en socorro a Jehová contra los fuertes”.
Hay quienes tienen medios y talentos y no los usan para el Señor. Tienen la oportunidad de testificar y no están haciendo nada. Todo esto está descrito en el mensaje de Laodicea.
“Muchos de nuestros miembros son tibios. Ocupan la posición de Meroz, ni a favor ni en contra, ni fríos ni calientes” (Testimonies, t. 5, p. 76, 77). Si hay algo que describe al profeso pueblo de Dios hoy, es que no es ni frío ni caliente. Ni a favor, ni en contra. No quieren estar en contra de nada, solamente asumen la actitud de “esperar y ver”. Elena de White dice que este es el pecado de Meroz. “Oyen las palabras de Cristo pero no las hacen. Si permanecen así, los rechazará con repulsión. Muchos de los que han tenido gran luz, grandes oportunidades y todas las ventajas espirituales alaban a Dios y al mundo con el mismo aliento. Se postran delante de Dios y de Mamón. Se regocijan con los hijos de este mundo, y pretenden recibir la bendición de los hijos de Dios. Desean que Jesús sea su Salvador, pero no están dispuestos a cargar su cruz ni llevar su yugo. Quiera el Señor tener misericordia de ustedes; porque si siguen por este camino sólo se podrá profetizar el mal contra ustedes” (Ídem., p. 77)[/size]

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