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E.J. Waggoner- Vida por la fe de Cristo

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E.J. Waggoner- Vida por la fe de Cristo

Mensaje por Admin el Lun Mayo 31, 2010 7:06 am

Vida por la fe de Cristo






Muchos leerán este libro, no por simple curiosidad, para saber lo que otro piensa sobre la epístola a los Gálatas, sino con el firme propósito de obtener ayuda en esta parte tan controvertida de la Escritura. Querría, amable lector, hacerte algunas consideraciones personales antes de avanzar en el estudio.

Cada porción de la Biblia está relacionada con todas las restantes. Tan pronto como comprendemos bien algo, haciéndolo una parte de nosotros, se incorpora a nuestra vida y nos ayuda en la búsqueda de mayor conocimiento, de la misma manera en que cada bocado de comida que ingerimos y asimilamos contribuye a generar actividad en procura de más pan cotidiano. Si estudiamos con provecho la epístola a los Gálatas, se abrirá ante nosotros una gran puerta hacia la totalidad de la Biblia.

El camino hacia el conocimiento es algo tan simple, que muchos lo desprecian. Pero es un camino franco, abierto a todos: "Hijo mío, si recibes mis palabras, y guardas mis Mandamientos dentro de ti, si prestas oído a la sabiduría, si inclinas tu corazón a la prudencia, si clamas a la inteligencia, y a la prudencia das tu voz, si la buscas como a la plata, y la procuras como a tesoros escondidos, entonces entenderás el respeto al Eterno, y hallarás el conocimiento de Dios. Porque el Señor da la sabiduría, de su boca nace el conocimiento y la inteligencia" (Prov. 2:1-6).

Dios se apareció en un sueño a Salomón, y le prometió sabiduría. Pero no fue mediante el sueño descuidado como le vino la sabiduría. Salomón no se acostó una noche, para levantarse al día siguiente como el más sabio de todos los hombres. Deseaba tan ardientemente la sabiduría que en verdad soñaba con ella por la noche. Pero obraba en procura de ella durante el día.

Si quieres comprender la Palabra de Dios, estúdiala. Ningún hombre en la tierra puede prestarte su conocimiento. Puede ayudarte en el sentido de que no te tome tanto tiempo como a él le costó; puede orientarte en cuanto a cómo y dónde acudir; pero sea lo que sea que uno sepa realmente, ha de obtenerlo por sí mismo. Tras haber transitado una y mil veces por determinada calle, llegas a conocer cada uno de sus portales y esquinas, y eres capaz de dibujar en tu mente la totalidad del tramo. De igual manera, cuando hayas meditado vez tras vez en cierta porción de la Escritura, llegarás a poder verla rápidamente en su conjunto, así como en sus diversas facetas. Y una vez que hayas logrado tal cosa, serás capaz de apreciar en ella lo que nadie sobre la tierra podría explicarte.



1. Después, pasados catorce años, fui otra vez a Jerusalén, y llevé también conmigo a Tito.

2. Fui movido por una revelación, y les expuse el evangelio que predico entre los gentiles. Pero lo hice en privado ante los que parecían ser dirigentes, para asegurarme de que no corro, ni había corrido en vano.

3. Sin embargo, ni aún Tito, que estaba conmigo, aunque era griego, fue compelido a circuncidarse.



"Pasados catorce años". Siguiendo el curso natural de la narrativa, significa catorce años después de la visita de Gálatas 1:18, que a su vez ocurrió tres años después de la conversión de Pablo. Por lo tanto, esa visita tuvo lugar diecisiete años después de su conversión, o si se prefiere, en el año 51 D.C., fecha que coincide con la del concilio de Jerusalén referido en Hechos 15. El segundo capítulo de Gálatas trata de ese concilio, de los temas que allí se abordaron, y de lo que de ellos derivó.

En el primer capítulo se nos informa que algunos estaban inquietando a los hermanos mediante una perversión del evangelio de Cristo, mediante la introducción de un falso evangelio que se intentaba hacer pasar por el verdadero. En Hechos 15:1 leemos que "vinieron de Judea algunos que enseñaban a los hermanos: 'Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos' ". En eso consistía el "otro evangelio" que estaban intentando dar a los hermanos, en lugar del verdadero –en realidad no era otro, puesto que no hay más que uno.

Pablo y Bernabé no estaban de modo alguno dispuestos a apoyar esa nueva predicación, sino que la resistieron "para que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros" (Gál. 2:5). Los apóstoles "tuvieron una severa discusión y contienda" con esos falsos hermanos (Hechos 15:2). La controversia se dirimía entre el auténtico evangelio y su falsificación.



Una negación de Cristo



Una ojeada a la experiencia de la iglesia de Antioquía, que estaba sufriendo la incursión de ese nuevo evangelio, mostrará que significaba la negación más categórica del poder de Cristo para salvar.

El evangelio les fue llevado primeramente por los hermanos procedentes de la diáspora que siguió a la persecución iniciada con el martirio de Esteban. Dichos hermanos "llegaron a Antioquía, hablaron a los griegos, y les anunciaron el evangelio del Señor Jesús. La mano del Señor estaba con ellos. Y gran número creyó y se convirtió al Señor" (Hechos 11:20 y 21). En aquella iglesia había profetas y maestros, y mientras que adoraban al Señor y ayunaban, el Espíritu Santo los movió a que apartaran a Bernabé y a Saulo para la obra a la que Dios les había llamado (Hechos 13:1-3). No hay duda, pues, de que la iglesia había tenido allí una experiencia profunda en las cosas de Dios. Estaban familiarizados con el Señor, y con la voz del Espíritu Santo.

Y ahora, después de todo lo anterior, llegan esos hermanos diciendo: "Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos". Eso era tanto como decir: 'Toda vuestra fe en Cristo y todo el testimonio del Espíritu son nada, sin la señal de la circuncisión'. Significaba exaltar la señal de la circuncisión sin fe, por encima de la fe en Cristo sin signos exteriores. Ese "otro evangelio" constituía un ataque en toda regla al auténtico evangelio, y una clara negación de Cristo.

No es sorprendente que Pablo definiera a quienes así irrumpían con esas enseñanzas como "falsos hermanos":



4. Y eso por causa de los falsos hermanos, que a escondidas entraban a espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud.

5. A esos ni por un momento nos sometimos, para que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros.



Pablo había afirmado, en el primer capítulo, que esos falsos hermanos "os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo" (Verso 7). En su carta a las iglesias, apóstoles y ancianos, dijo de ellos: "Hemos sabido que sin nuestra autorización, algunos han salido de nosotros, y os han inquietado y han turbado vuestro ánimo con sus palabras" (Hechos 15:24).

Con posterioridad ha seguido habiendo muchos más de esa clase. Tan negativa era su obra, que el apóstol afirmó de todo aquel que a ella se entregase: "sea condenado" (ver Gál. 1:8 y 9). Esos predicadores estaban procurando de forma deliberada minar el evangelio de Cristo, y destruir así a los creyentes.

Los falsos hermanos estaban diciendo: "Si no os circuncidáis conforma al rito de Moisés, no podéis ser salvos" (literalmente: no tenéis poder para ser salvos). Degradaban la salvación al nivel de algo meramente humano, algo dependiente del poder humano. No sabían en qué consiste realmente la circuncisión: "No es judío el que lo es exteriormente, ni es circuncisión la que se hace exteriormente, en la carne. Al contrario, es verdadero judío el que lo es en su interior, y la verdadera circuncisión es la del corazón, por medio del Espíritu, no en letra. Éste recibe la alabanza, no de los hombres, sino de Dios" (Rom. 2:28 y 29).

Después que hubo creído a Dios, Abraham prestó oído en cierta ocasión a la voz de Sara, en lugar de oír la del Señor, e intentó cumplir las promesas de Dios mediante el poder de su propia carne (Gén. 16). El resultado fue el fracaso: en lugar de obtener un heredero, obtuvo un esclavo. Dios le apareció entonces nuevamente, exhortándole a que caminase delante de Él con corazón íntegro, y le repitió su pacto. A fin de que recordase su fracaso, y el hecho de que "la carne nada aprovecha", Abraham recibió el sello de la circuncisión, el despojamiento de una porción de la carne. Eso había de mostrar que, puesto que en la carne "no habita el bien", las promesas de Dios pueden solamente hacerse realidad "al despojaros del cuerpo de los pecados" (Col. 2:11), mediante el Espíritu. "Nosotros somos la verdadera circuncisión, los que adoramos según el Espíritu de Dios, y nos regocijamos en Cristo Jesús, y no ponemos nuestra confianza en la carne" (Fil. 3:3).

Por lo tanto, cuando Abraham recibió el Espíritu por la fe en Dios, fue en verdad circuncidado. "Y recibió la circuncisión por señal, como sello de la justicia por la fe que tuvo cuando estaba aún incircunciso" (Rom. 4:11). La circuncisión exterior jamás fue otra cosa que una mera señal exterior de la auténtica circuncisión del corazón. Si ésta última faltaba, la señal era un fraude; pero si la auténtica circuncisión era una realidad, entonces tenía sentido la señal exterior. Abraham es el "padre de tos los que creen, aunque no sean circuncidados" (Rom. 4:11). Los falsos hermanos estaban intentando sustituir la realidad por el símbolo vacío. Para ellos contaba más la cáscara de la nuez, que la nuez sin cáscara.

Jesús dijo: "El Espíritu es el que da vida, la carne nada aprovecha. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida" (Juan 6:63). Los hermanos de Antioquía y Galacia habían confiado en Cristo para la salvación; ahora, algunos procuraban inducirles a confiar en la carne. No les dijeron que estaban en libertad para pecar, eso no, ¡les dijeron que tenían que guardar la ley! Pero la tenían que guardar por ellos mismos; tenían que hacerse justos a ellos mismos, sin Jesucristo. La circuncisión significaba guardar la ley. Pero la auténtica circuncisión era la ley escrita en el corazón por el Espíritu, y esos falsos hermanos pretendían que los creyentes confiaran en la forma externa de la circuncisión, a modo de sustituto de la obra del Espíritu. Aquello que se había provisto como señal de la justicia que viene por la fe, se convirtió en una señal de la justicia propia. La pretensión de los falsos hermanos era que se circuncidasen a fin de ser justificados y salvos. Pero "con el corazón se cree para ser justificado" (Rom. 10:10), y "todo lo que no procede de la fe, es pecado" (Rom. 14:23). Por consiguiente, todos los esfuerzos del hombre para guardar la ley de Dios mediante su propio poder, poco importa lo fervientes y sinceros que puedan ser, tendrán un solo resultado: la imperfección, el pecado.

Cuando se suscitó esa cuestión en Jerusalén, Pedro dijo a los que pretendían que los hombres se justificaran por sus propias obras, en lugar de hacerlo por la fe en Cristo: "Ahora pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo, que ni nuestros padres, ni nosotros hemos podido llevar?" (Hechos 15:10).

Se trataba de un yugo de esclavitud, como muestran las palabras de Pablo hacia los falsos hermanos que "a escondidas entraban a espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud" (Gál. 2:4). Cristo libera del pecado. Su vida es "la Ley perfecta –la de la libertad–". "Por la Ley se alcanza el conocimiento del pecado" (Rom. 3:29), pero no la liberación del pecado. "La Ley es santa, y el Mandamiento santo, justo y bueno" (Rom. 7:12), ya que proporciona el conocimiento del pecado, condenándolo. Es como un indicador que nos informa de la dirección correcta, pero no nos lleva al lugar. Puede hacer que sepamos que no estamos en el buen camino, pero sólo Jesucristo puede hacer que andemos en él, ya que Él es el camino. El pecado es esclavitud. Solamente aquellos que guardan los mandamientos de Dios están en libertad (Sal. 119:45), y sólo es posible guardar los mandamientos por la fe en Cristo (Rom. 8:3 y 4).

Por lo tanto, el que induzca a la gente a confiar en la ley para obtener justicia sin Cristo, está realmente imponiéndoles un yugo, aprisionándolos en esclavitud. Cuando un convicto según la ley resulta encarcelado, no puede hallar liberación de sus prisiones por esa misma ley que lo condenó. Pero ello no implica que haya en la ley imperfección. Es precisamente debido a tratarse de una ley justa, que no declarará inocente al que es culpable.

El apóstol relata que enfrentó la falsa enseñanza que estaba ahora desviando a los hermanos de Galacia "para que la verdad del evangelio permaneciese" con ellos. Es de todo punto evidente que la epístola a los Gálatas contiene el evangelio en su más pura expresión. Muchos la han comprendido mal, y no obtienen provecho alguno, por pensar que se trata simplemente de una contribución más a "las contenciones y los debates acerca de la ley" (Tito 3:9) contra los que el mismo Pablo previno.



6. Sin embargo, los que parecían ser algo –lo que eran entonces no importa, Dios no juzga por la apariencia exterior–, esos hombres nada me comunicaron.

7. Al contrario, vieron que me había sido confiada la predicación del evangelio a los gentiles, como a Pedro la predicación a los judíos.



Según Hechos, en Antioquía se tomó la determinación de que Pablo, Bernabé y algunos otros fuesen a Jerusalén, en relación con el tema debatido. Pero Pablo afirma que fue "por una revelación" (Gál. 2:2). No fue solamente por la recomendación de los hermanos, sino que el mismo Espíritu lo movió, a él y a ellos. No acudió allí con el propósito de aprender la verdad, sino para salvaguardarla. No fue para averiguar en qué consistía el evangelio, sino para comunicar el evangelio que había estado predicando entre los paganos. Los que parecían importantes en aquella asamblea, no le impartieron nada. Pablo no recibió el evangelio de ningún hombre, y no necesitaba el testimonio de ningún hombre para estar seguro de la autenticidad del mismo. Cuando es Dios quien habla, la pretendida confirmación, por parte de un hombre, constituye una impertinencia. El Señor dispuso que los hermanos en Jerusalén oyesen el testimonio de Pablo, y que los que recientemente se habían convertido, supieran que aquellos a quienes Dios había enviado hablaban las palabras de Dios, y por lo tanto, todos hablaban una misma cosa. Tras haberse apartado de los "muchos llamados dioses" para servir al único Dios, necesitaban tener la seguridad de que la verdad es solamente una, y uno sólo el evangelio para todos los hombres.



El evangelio no es superstición



Nada hay en este mundo capaz de conferir gracia y justicia al ser humano, y nada hay que el hombre pueda hacer, que traiga salvación. El evangelio es poder de Dios para salvación, no poder del hombre. Cualquier enseñanza que induzca al hombre a confiar en el objeto que sea, lo mismo una imagen que un cuadro, o cualquier otra cosa, o a confiar en cualquier esfuerzo u obra propios para la salvación, incluso aunque tal esfuerzo vaya dirigido hacia la más encomiable de las metas, es una perversión de la verdad del evangelio. Es un falso evangelio. En la iglesia de Cristo no hay sacramentos que, en virtud de cierta operación mágica, confieran gracia especial al que los recibe. Sin embargo, hay obras que aquel que cree en el Señor Jesucristo, y por lo tanto, es justificado y salvo, hará como una expresión de su fe. "Por gracia habéis sido salvados por la fe. Y esto no proviene de vosotros, sino que es el don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, que Dios de antemano preparó para que anduviésemos en ellas" (Efe. 2:8-10). Esa es "la verdad del evangelio" que Pablo defendió. Es el evangelio para todo tiempo.



No hay monopolio de la verdad



Ningún hombre, ningún cuerpo de hombres, tiene en esta tierra el monopolio de la verdad. No existe un rincón o lugar a donde tengan que acudir aquellos que desean conocerla, para recibirla de manos de otros hombres. La verdad es independiente del ser humano. Proviene de Dios, pues Cristo, quien es el resplandor de su gloria y la misma imagen de su ser real (Heb. 1:3), es la verdad (Juan 14:6). Quienquiera obtenga la verdad, habrá de obtenerla de Dios, y no del hombre. Así fue como Pablo recibió el evangelio. Dios puede emplear, y emplea, a seres humanos como instrumentos o conductos, pero sólo Él es el dador. Ni el nombre ni el número significan nada, al efecto de determinar cuál es la verdad. Ni es más poderosa, ni se la debe aceptar más resueltamente al ser presentada por diez mil príncipes, que cuando es un simple y humilde operario quien la sostiene. Y no hay la menor razón para suponer que hayan de ser los diez mil príncipes quienes tengan que poseerla, antes que el humilde obrero. Todo hombre sobre la tierra puede poseer tanto de la verdad como esté dispuesto a usar, y no más (ver Juan 7:17; 12:35 y 36). El que actúa como un papa, creyendo poseer el monopolio de la verdad, y compele a los demás a que acudan a él en procura de ella, concediéndola aquí y reteniéndola allí, pierde la totalidad de la verdad que una vez pudiera poseer (si es que alguna vez tuvo algo de ella). La verdad y el espíritu papal jamás pueden coexistir. Ningún papa, ningún hombre con disposición papal, tiene la verdad. Tan pronto como un hombre recibe la verdad, deja de ser un papa. Si el papa de Roma se convirtiese y se hiciera discípulo de Cristo, en esa misma hora quedaría vacante la silla pontificia.

Lo mismo que no hay hombre que posea el monopolio de la verdad, tampoco hay lugares a los que haya necesariamente que acudir, a fin de hallarla. Los hermanos de Antioquía no necesitaban ir a Jerusalén para aprender la verdad, ni para averiguar si lo que poseían era el artículo genuino. El hecho de que la verdad fuese primeramente proclamada en un determinado lugar, no implica que sólo allí sea posible encontrarla. De hecho, los últimos lugares en el mundo en donde uno puede esperar encontrar o aprender la verdad, son precisamente las ciudades en las que el evangelio se proclamó primeramente en los siglos tempranos de la era cristiana: Jerusalén, Antioquía, Roma o Alejandría.

El papado surgió en parte de esa manera. Se asumió que aquellos lugares en donde los apóstoles, o alguno de ellos, habían predicado, debían poseer la verdad en su pureza, y que todos los mortales tenían que obtenerla de allí. Se dio igualmente por cierto que los de la ciudad debían conocerla mejor que los del ámbito rural. Así, de entre todos los obispos, que en un principio habían ocupado un plano de igualdad, sucedió pronto que los 'obispos del campo' (chorepiscopoi) se consideraron secundarios en relación con los que oficiaban en las grandes ciudades. Una vez que ese espíritu tomó arraigo, el paso siguiente fue necesariamente una pugna entre los propios obispos de las ciudades, para dilucidar quién sería el mayor. Esa lucha impía continuó hasta que Roma ganó la codiciada preeminencia.

Pero Jesús nació en Belén, "pequeña entre los millares de Judá" (Miq. 5:2), y pasó casi toda su vida en una pequeña población cuya "reputación" era tal, que alguien nacido en ella se hacía acreedor de comentarios como éste: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?" (Juan 1:45-47). Jesús hizo posteriormente su morada en la próspera ciudad de Capernaum, pero se lo conoció siempre como "Jesús de Nazaret". El cielo no está más alejado del más insignificante pueblecillo, o hasta de la choza más solitaria, que de la mayor ciudad, o del más rico palacio episcopal. Dios, "el Excelso y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es Santo, habita con el quebrantado y humilde de espíritu" (Isa. 57:15).



Las apariencias engañan



Dios mira lo que el hombre es, no lo que aparenta ser. Lo que aparenta ser depende en gran medida de los ojos que lo contemplan; lo que realmente es, demuestra la medida del poder y la sabiduría de Dios que en él hay. Dios no se inclina ante la posición oficial. No es la posición lo que confiere autoridad, sino que es la autoridad la que da la auténtica posición. Más de un hombre humilde, sin posición en esta tierra, carente de todo reconocimiento oficial, ha ocupado una posición realmente superior, y de mayor autoridad que la de todos los reyes de la tierra. La autoridad radica en la presencia de Dios en el alma, libre de restricciones.



8. Porque el que obró por Pedro para el apostolado a los judíos, obró también por mí en favor de los gentiles.



La palabra de Dios es viva y eficaz (Heb. 4:12). Sea cual sea la actividad efectuada en la obra del evangelio, todo cuanto se haga proviene de Dios. Jesús "anduvo haciendo bienes" porque "Dios estaba con él" (Hechos 10:38). Él mismo dijo: "de mí mismo nada puedo hacer" (Juan 5:30), "el Padre que mora en mí, él hace las obras" (Juan 14:10). Así, Pedro se refirió a Él como "varón aprobado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales, que Dios realizó por medio de él" (Hechos 2:22). No es mayor el discípulo que su Señor. Pablo y Bernabé, por lo tanto, en la Asamblea de Jerusalén, "contaron las grandes maravillas y señales que Dios había hecho por medio de ellos entre los gentiles" (Hechos 15:12). Pablo afirmó que se había esforzado por "presentar a todo hombre perfecto en Cristo", "luchando con la fuerza de Cristo que actúa poderosamente en mí" (Col. 1:28 y 29). El más humilde de los creyentes puede poseer ese mismo poder, "porque Dios es el que obra en vosotros, tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad" (Fil. 2:13). El nombre de Jesús es Emmanuel: "Dios con nosotros". Dios con Él hizo que anduviera haciendo bienes. Pero Dios es inmutable; por lo tanto, si tenemos verdaderamente a Jesús –Dios con nosotros–, andaremos también haciendo bienes.



9. Al ver la gracia que me había sido dada, Santiago, Pedro y Juan, que eran considerados las columnas, nos dieron, a Bernabé y a mí, la mano derecha en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a los judíos.

10. Sólo nos pidieron que nos acordásemos de los pobres, lo que fui también solícito en cumplir.



Los hermanos, en Jerusalén, demostraron su comunión con Dios en que vieron "la gracia que" le había sido dada a Pablo. Los que sean guiados por el Espíritu de Dios estarán siempre prestos a reconocer la obra del Espíritu Santo en los demás. La más segura evidencia de que uno no conoce personalmente nada del Espíritu es la incapacidad en reconocer su obra. Los otros apóstoles tenían el Espíritu Santo, y apreciaron cómo Dios había escogido a Pablo para una obra especial entre los gentiles; y aunque su forma de obrar era diferente a la de ellos, puesto que Dios le había concedido dones especiales para su obra especial, no dudaron en tenderle su mano derecha, en señal de compañerismo, solicitándole únicamente que recordara a los pobres entre su propio pueblo, "lo que [fue] también solícito en cumplir".



Perfecta unidad



Notemos que no existía diferencia de opinión entre los apóstoles, ni en la iglesia, con respecto a qué era el evangelio. Había falsos hermanos, es cierto; pero dado que eran falsos, no formaban parte de la iglesia, el cuerpo de Cristo, quien es la verdad. Muchos profesos cristianos, personas sinceras, suponen que constituye poco menos que una necesidad el que haya diferencias en la iglesia. 'Todos no pueden ver las cosas de la misma manera', es su comentario frecuente. Malinterpretan así Efesios 4:13, deduciendo que Dios nos ha concedido dones "hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe". Pero la enseñanza de la Palabra es que en "la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios", llegamos "a un estado perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo". Hay sólo "una fe" (verso 5), la fe de Jesús. Así como hay solamente un Señor, y aquellos que carezcan de esa fe, estarán necesariamente desprovistos de Cristo.

La Palabra de Dios es la Verdad, y su Palabra es luz. Sólo un ciego puede dejar de apreciar el resplandor de la luz. Aunque un hombre no haya conocido ningún otro tipo de luz artificial, excepto la que procede de un candil, reconocerá inmediatamente que es luz lo que emite una bombilla eléctrica que se le muestre por primera vez. Está claro que hay diversos grados de conocimiento, pero no hay controversia alguna entre esos grados de conocimiento. Toda la verdad es una.



11. Y cuando Pedro vino a Antioquía, lo resistí cara a cara, porque era de condenar.

12. Porque antes que viniesen algunos de parte de Santiago, comía con los gentiles. Pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, por temor a los de la circuncisión.

13. Y los otros creyentes judíos participaron de su simulación, tanto que aún Bernabé fue llevado por la hipocresía de ellos.



No es necesario extenderse en las equivocaciones de Pedro, ni en las de ningún otro hombre piadoso. No hay provecho en ello. Pero debemos prestar atención a esa prueba irrefutable de que Pedro jamás fue considerado como 'el principal de los apóstoles', y que nunca fue, ni se tuvo, por papa. ¡Que se atreva un sacerdote, obispo o cardenal a 'resistir cara a cara' al papa, ante una asamblea pública!

Pero Pedro cometió un error, y lo cometió en relación con un asunto vital, por el motivo de que no era infalible. Aceptó con mansedumbre el reproche que Pablo le dirigió; lo aceptó como el sincero y humilde cristiano que era. A la vista del relato, si es que tuviese que existir una cosa tal como una cabeza visible (humana) de la iglesia, ese honor le debería haber correspondido evidentemente a Pablo, y no a Pedro. Pablo fue enviado a los gentiles, y Pedro a los judíos; pero éstos últimos constituían una parte muy pequeña de la iglesia. Los gentiles conversos los superaron rápidamente en número, de forma que la presencia de creyentes de origen judío apenas se hacía notar. Todos esos cristianos eran en gran medida fruto de las labores de Pablo, a quien se dirigían de forma natural las miradas, más bien que a los otros discípulos. Es por ello que Pablo pudo decir que pesaba sobre él "cada día, la preocupación por todas las iglesias" (2 Cor. 11:28). Pero la infalibilidad no es la porción de ningún ser humano, y tampoco Pablo la pretendió. El mayor en la iglesia de Cristo, no tiene señorío sobre el más débil. Jesús dijo: "Uno es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos" (Mat. 23:8). Y Pedro nos exhorta a estar "todos sumisos unos a otros" (1 Pedro 5:5).

Cuando Pedro estuvo en la Asamblea de Jerusalén, refirió la forma en que los gentiles habían recibido el evangelio mediante su predicación: "Dios, que conoce los corazones, los reconoció dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros. Ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, pues por la fe purificó sus corazones" (Hechos 15:8 y 9). ¿Por qué? Porque conociendo los corazones, sabía que "todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios", por lo tanto, sólo podrían ser "justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada por Cristo Jesús" (Rom. 3:23 y 24). Sin embargo, después que el Señor hubo dado prueba de ello ante los ojos de Pedro –después que éste hubo predicado a los gentiles y después de haber presenciado la concesión del don del Espíritu Santo a los creyentes gentiles, tanto como a los judíos; después de haber comido con ellos y de haberlos defendido fielmente; después de haber dado un firme testimonio en la Asamblea acerca de que Dios no hizo diferencia entre judíos y gentiles; e incluso inmediatamente después de no haber hecho diferencia él mismo–, Pedro, de repente, tan pronto como "viniesen algunos" que él supuso no aprobarían una libertad tal, ¡comenzó a hacer diferencia! "Se retraía y se apartaba, por temor a los de la circuncisión". Eso era "simulación", "hipocresía", como dice Pablo, y no sólo era malo en sí mismo, sino que confundiría y desviaría a los discípulos. Pedro estuvo en aquella ocasión controlado por el temor, y no por la fe.



Contrario a la verdad del evangelio



La oleada de temor pareció alcanzar también a los creyentes judíos, ya que "los otros creyentes judíos participaron de su simulación, tanto que aún Bernabé fue llevado por la hipocresía de ellos". Desde luego, "no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio" (verso 14); pero el simple hecho de la simulación no era la totalidad de la ofensa contra la verdad del evangelio. En aquel contexto significaba una negación pública de Cristo, tanto como lo fue en aquella otra ocasión cuando Pedro, bajo la súbita presión del miedo, cayó en la tentación. Nosotros hemos caído en el mismo pecado demasiado a menudo como para erigirnos en jueces, pero podemos observar el hecho y sus consecuencias a modo de advertencia.



14. Cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro en presencia de todos: "Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?".

Observa cómo la acción de Pedro y los que lo acompañaban era una virtual –aunque no intencionada– negación de Cristo. Acababa de producirse una controversia sobre la circuncisión. Se trataba de una cuestión de justificación y salvación: ¿se salvaba el hombre por la sola fe en Cristo, o por las formas externas? El testimonio fue inequívoco, en el sentido de que la salvación es por la sola fe. Y ahora, estando aún viva la controversia, estando aún los "falsos hermanos" propagando sus errores, esos hermanos leales empezaron súbitamente a hacer discriminación en perjuicio de los creyentes gentiles, debido a que no estaban circuncidados. De hecho, les estaban diciendo: "Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos". Su forma de actuar decía: 'Nosotros también ponemos en duda el poder de la sola fe en Cristo para salvar a los hombres. Creemos realmente que la salvación depende de la circuncisión, además de las obras de la ley. La fe en Cristo está bien, pero hay que hacer algo más. En ella misma no es suficiente'. Pablo no podía consentir una negación tal de la verdad del evangelio, y se dirigió sin rodeos a la raíz del problema.



15. Nosotros judíos de nacimiento y no pecadores de entre los gentiles,

16. sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por la fe en Jesucristo. Así, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la Ley; porque por las obras de la Ley ninguno será justificado.



¿Quería Pablo decir que por ser judíos no eran pecadores? Imposible, ya que añade inmediatamente que habían creído en Jesucristo para ser justificados. Sencillamente, eran pecadores judíos, no pecadores gentiles. Sea lo que fuere aquello de que pudiesen gloriarse como judíos, lo tenían que reputar como pérdida por causa de Cristo. No había nada que les valiera, excepto la fe en Cristo. Y siendo así, es evidente que los pecadores gentiles podían también ser salvos directamente por la fe en Cristo, sin tener que pasar por las vacías formalidades que no habían sido útiles a los judíos, y que les fueron dadas, en gran medida, debido a su incredulidad.

"Palabra fiel y digna de ser recibida por todos, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero" (1 Tim. 1:15). Todos han pecado, y son igualmente culpables ante Dios. Pero todos, de la raza o clase que sea, pueden aceptar esta Escritura: "Este recibe a los pecadores, y come con ellos"(Luc. 15:2). Un pecador circuncidado no es mejor que uno incircunciso. Un pecador que es miembro de iglesia no es mejor que uno que no lo sea. El pecador que ha pasado por la forma del bautismo no es mejor que el pecador que nunca ha hecho profesión de religión. El pecado es el pecado, y los pecadores son pecadores, dentro o fuera de la iglesia. Pero, gracias a Dios, Cristo es el sacrificio por nuestros pecados, tanto como por los pecados del mundo entero (1 Juan 2:2). Hay esperanza para el infiel que hace profesión de religión, como también para aquel que nunca invocó el nombre de Cristo. El mismo evangelio que se predica al mundo, hay que predicarlo a la iglesia, puesto que no hay más que un evangelio. Es útil para convertir pecadores en el mundo, tanto como para convertir pecadores en la membresía de la iglesia. Y al mismo tiempo, renueva a los que están verdaderamente en Cristo.

El significado de la palabra "justificado" es "hecho justo". Deriva del latín justitia. Ser justo es ser recto. A eso le añadimos la terminación ficar, también del latín, significando "hacer". Magnificar: hacer grande. Dignificar: hacer digo, etc. Justificar: hacer justo.

En ocasiones aplicamos el término "justificar" al que es inocente de un hecho del que es acusado sin causa. Pero el tal no necesita justificación, puesto que es ya justo. Ahora bien, dado que "todos pecaron", no hay ninguno justo –o recto– ante Dios. Por lo tanto, todos necesitan ser justificados, o hechos justos.

La ley de Dios es justicia (ver Rom. 7:21; 9:39 y 31, Sal. 119:172). Tanto apreciaba Pablo la ley, que creyó en Cristo para obtener la justicia que ésta exige, pero que por sí misma es incapaz de proporcionar: "Lo que era imposible a la Ley, por cuanto era débil por la carne; Dios, al enviar a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, y como sacrificio por el pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia que quiere la Ley se cumpla en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Rom. 8:3 y 4). La ley que declara pecadores a todos los hombres, sólo podría justificarlos afirmando que el pecado no es pecado. Pero eso no sería justificación, sino contradicción.

Luego, ¿anulamos la ley? Los que persisten en el pecado lo harían gustosos, pues es una ley que los declara culpables. Pero es imposible abolir la ley de Dios, ya que es la misma vida y carácter de Él. "Así, la Ley es santa, y el Mandamiento santo, justo y bueno" (Rom. 7:12). Al leer la ley escrita, vemos allí nuestro deber claramente especificado. Pero no lo hemos cumplido. Por lo tanto, somos culpables.

Además, nadie posee la fortaleza necesaria para guardar la ley, debido a la magnitud de sus requerimientos. Si bien es cierto que nadie puede ser justificado por las obras de la ley, no es porque la ley misma sea deficiente, sino porque el individuo lo es. Cuando Cristo mora en el corazón por la fe, la justicia de la ley mora también allí, porque Cristo dijo: "Dios mío, me deleito en hacer tu voluntad, y tu Ley está en medio de mi corazón" (Sal. 40:8). Quien desecha la ley, debido a que ésta no considera el mal como si fuese bien, rechaza en ello también a Dios "que de ningún modo tendrá por inocente al malvado" (Éxo. 34:7). Pero Dios quita la culpa y convierte al pecador en justo; es decir, lo pone en armonía con la ley. La ley que antes lo condenaba, da ahora testimonio de su justicia (ver Rom. 3:21).

Perdemos mucho si no aceptamos la Escritura tal como es. En el original, el versículo 16 contiene la expresión "fe de Jesús", igual que la encontramos en Apocalipsis 14:12. Jesús es el "autor y consumador de la fe" (Heb. 12:2). "La fe viene por el oír, y el oír por medio de la palabra de Cristo" (Rom. 10:17). En el don de Cristo a todo hombre, hallamos "la medida de fe que Dios repartió a cada uno" (Rom. 12:3). Todo proviene de Dios. Él es quien da arrepentimiento y perdón de los pecados.

Por lo tanto, nadie puede quejarse por tener una fe débil. Quizá no haya aceptado ni usado el don, pero no existe una cosa tal como "fe débil". Uno puede ser "débil en la fe", puede temer apoyarse en la fe. Pero la fe, en ella misma, es tan firme como la Palabra de Dios. No existe otra fe diferente de la fe de Cristo. Cualquier otra cosa que pretenda serlo, es una falsificación. Sólo Cristo es justo. Él ha vencido al mundo, y sólo Él tiene poder para hacerlo. En Él mora toda la plenitud de Dios, ya que la ley –Dios mismo– está en su corazón. Solamente Él guardó y puede guardar la ley a la perfección. Por lo tanto, solamente por su fe –la fe viviente–, es decir, su vida en nosotros, podemos ser hechos justos.

Eso es plenamente suficiente. Él es la "piedra probada" (Isa. 28:26). La fe que nos da es la suya propia, probada y aprobada. No nos fallará en ninguna circunstancia. No se nos exhorta a que intentemos hacerlo tan bien como Él lo hizo, ni a que intentemos ejercer tanta fe como Él ejerció, sino simplemente a que tomemos su fe, y permitamos que obre por el amor, y purifique el corazón. ¡Lo hará!

"A todos los que lo recibieron, a los que creyeron en su Nombre, les dio el derecho de ser Hijos de Dios" (Juan 1:12). Los que lo reciben son los que creen en su nombre. Creer en su nombre es creer que Él es el Hijo de Dios. Y eso significa a su vez creer que ha venido en la carne, en carne humana, en nuestra carne. Así ha de ser, puesto que su nombre es "Dios con nosotros".

Creyendo en Cristo, somos justificados por la fe de Cristo, puesto que lo tenemos personalmente morando en nosotros, ejerciendo su propia fe. En sus manos está todo el poder, en el cielo y en la tierra. Reconociendo el hecho, sencillamente le permitimos que ejerza su propio poder, de su propia manera. Cristo es poderoso para hacerlo "infinitamente más que todo cuanto pedimos o entendemos, por el poder que opera en nosotros" (Efe. 3:20).



17. Y si buscando ser justificados en Cristo, también nosotros hemos sido hallados pecadores, ¿es por eso Cristo ministro de pecado? ¡De ninguna manera!



Jesucristo es el Santo y el Justo (Hechos 3:14). "Cristo apareció para quitar nuestros pecados" (1 Juan 3:5). Él no sólo "no cometió pecado" (1 Pedro 2:22), sino que no conoció pecado (2 Cor. 5:21, N.T. Interl.). Por lo tanto, es imposible que ningún pecado provenga de Él. Cristo no imparte el pecado. En el manantial de vida que fluye de su costado herido, de su corazón traspasado, no hay vestigio alguno de impureza. Él no es ministro de pecado: no ministra el pecado a nadie.

Si en alguno que haya procurado –y hallado– la justicia mediante Cristo, se encuentra posteriormente pecado, es debido a que la persona ha obstruido la corriente, haciendo que se estanque el agua. No ha dado libre curso a la Palabra, de manera que resulte glorificada. Y allí donde falta la actividad, aparece la muerte. No hay que culpar a nadie de que así suceda, fuera de la persona misma. Que ningún profeso cristiano tome consejo de sus propias imperfecciones y diga que es imposible que el creyente viva una vida sin pecado. Para un verdadero cristiano, para aquel que tiene la fe plena, lo que es imposible es vivir otra clase de vida, "porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?" (Rom. 6:2). "Todo el que ha nacido de Dios no sigue pecando, porque la vida de Dios está en él. No puede seguir pecando, porque ha nacido de Dios" (1 Juan 3:9). Por lo tanto, "permaneced en él".



18. porque si reedifico lo que derribé, demuestro que soy transgresor.



Si un cristiano derriba –desecha– sus pecados mediante Cristo, para reedificarlos después, se constituye nuevamente en transgresor; vuelve a estar en carencia y necesidad de Cristo.

Es preciso recordar que el apóstol se está refiriendo a aquellos que creyeron en Jesucristo, que fueron justificados por la fe de Cristo. Pablo dice en Romanos 6:6: "Nuestro viejo hombre fue crucificado junto con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no seamos más esclavos del pecado". Leemos también: "Vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad. En él también fuisteis circuncidados con una circuncisión hecha sin mano, al despojaros del cuerpo de los pecados, mediante la circuncisión hecha por Cristo" (Col. 2:10 y 11).

Lo que resulta destruido es el cuerpo del pecado, y es solamente la presencia personal de la vida de Cristo la que lo destruye. Lo hace con el fin de librarnos de su poder, y de impedir que tengamos que servirle de nuevo. Queda destruido para todos, ya que Cristo abolió en su propia carne "la enemistad", la mente carnal. No la suya –pues nunca la tuvo–, sino la nuestra. Llevó nuestros pecados, nuestras debilidades. Obtuvo la victoria para toda alma; el enemigo quedó desarmado. Sólo hemos de aceptar la victoria que Cristo ganó. La victoria sobre todo pecado es ya una realidad. Nuestra fe en ello, lo convierte en real para nosotros. La pérdida de la fe nos coloca fuera de esa realidad, y reaparece el viejo cuerpo de los pecados. Aquello que la fe derribó, resulta reedificado por la incredulidad. Hay que recordar que esa destrucción del cuerpo de los pecados, aunque realizada ya por Cristo para todos, pertenece al presente, en cada uno como individuo.



19. Porque por la Ley he muerto a la Ley, a fin de vivir para Dios.



Muchos parecen suponer que la frase "he muerto a la Ley" significa lo mismo que 'la ley ha muerto'. Son cosas absolutamente diferentes. La ley ha de estar en toda su fuerza para que alguien pueda morir a ella. ¿Cómo puede ser alguien "muerto a la ley"? Recibiendo la plenitud de su penalidad, que es la muerte. El sujeto está muerto, pero la ley que lo condenó está tan vigente y dispuesta a condenar a muerte a otro criminal, como lo hizo con el primero. Supongamos ahora que esa primera persona ejecutada por haber cometido grandes crímenes, de alguna forma milagrosa pudiera ser devuelta a la vida. ¿No estaría muerta a la ley? Ciertamente. La ley no podría entonces reprocharle ninguno de sus actos pasados. Ahora bien, si volvía a cometer crímenes, la ley volvería a ejecutarlo, aunque fuese como otra persona. Resucito de la muerte que –debido a mi pecado– me impuso la ley, y ahora ando en "novedad de vida": estoy vivo a Dios. Como se pudo decir del Saúl de los primeros días, el Espíritu de Dios me ha "mudado en otro hombre" (1 Sam. 10:6). Tal es la experiencia del cristiano, como demuestra lo que sigue:



20. Con Cristo estoy crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó, y se entregó a sí mismo por mí.



A menos que seamos crucificados con Él, su muerte y resurrección no nos aprovechan nada. Si la cruz de Cristo permanece alejada y fuera de nosotros, aunque sólo sea por un momento, o por el espesor de un cabello, para nosotros viene a ser como si no hubiese estado crucificado. Quien quiera ver a Cristo crucificado, no debe mirar hacia atrás o hacia delante, sino hacia arriba; ya que los brazos de la cruz que fue levantada en el Calvario alcanzan desde el Paraíso perdido hasta el Paraíso restaurado, y abarcan todo el mundo de pecado. La crucifixión de Cristo no es algo circunscrito a un solo día. Cristo es el "Cordero que fue muerto desde la creación del mundo" (Apoc. 13:8). Las angustias del Calvario no cesarán mientras que haya un solo pecado o pecador. Ahora mismo está Cristo llevando los pecados de todo el mundo, ya que "todas las cosas subsisten en él". Y cuando finalmente se vea obligado a enviar al lago de fuego a los malvados impenitentes, la angustia que sufran no será mayor de la que sufrió en la cruz el Cristo que rechazaron.

Cristo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero (1 Pedro 2:24). Fue hecho "maldición" por nosotros, al colgar del madero (Gál. 3:13). En la cruz, no solamente llevó las enfermedades y el pecado de la humanidad, sino también la maldición de la tierra. Las espinas son un estigma de la maldición (Gén. 3:17 y 18), y Cristo llevó la corona de espinas. Cristo, Cristo crucificado, lleva todo el peso de la maldición.

Allá donde veamos un ser humano hundido en la miseria, llevando las cicatrices del pecado, hemos de ver también al Cristo de Dios crucificado por él. Cristo en la cruz lo lleva todo, incluyendo los pecados de ese ser humano. Debido a su incredulidad, puede que sienta el peso gravoso de su carga. Pero si cree, puede ser librado de ella. Cristo lleva, sobre la cruz, los pecados de todo el mundo. Por lo tanto, allá donde veamos pecado, podemos estar seguros de que está la cruz de Cristo.

El pecado es un asunto personal. Está en el corazón del hombre. "De dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, adulterios, fornicaciones, homicidios, hurtos, avaricias, maldades, engaño, vicios, envidias, chismes, soberbia, insensatez; todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre" (Mar. 7:21-23). "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso, ¿quién lo conocerá?" (Jer. 17:9). El pecado está por naturaleza en cada fibra de nuestro ser. Somos nacidos en él, y nuestra vida es pecado, de manera que no es posible extirpar de nosotros el pecado sin arrancarnos también la vida en ello. Lo que necesito es liberación de mi propio pecado personal: no sólo ese pecado que he cometido personalmente, sino también el que mora en el corazón, el pecado que constituye el todo en mi vida.

Soy yo quien comete el pecado, lo cometo en mí mismo, y no puedo separarlo de mí. ¿Debo ponerlo sobre el Señor? Sí, así es, pero ¿Cómo? ¿Puedo juntarlo en mis manos y echarlo de mí, de forma que sea Él quien lo lleve? Si pudiera separarlo lo más mínimo de mí, entonces sería salvo, sea donde fuere que el pecado fuese a parar, ya que no se encontraría en mí. En ese caso podría prescindir de Cristo, ya que si no se hallase en mí pecado, poco importaría dónde se lo hallase, yo estaría libre de él. Pero nada de lo que yo haga puede salvarme. Todos mis esfuerzos para separarme del pecado resultan vanos.

Lo anterior revela que quienquiera haya de llevar mis pecados, ha de venir hasta donde yo estoy, debe venir a mí. Eso es precisamente lo que hace Cristo. Cristo es la Palabra, y dice a todos los pecadores que pretendan excusarse alegando que no tienen forma de saber lo que Dios requiere de ellos: "La palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas" (Deut. 30:11-14). Por lo tanto, añade: "Si con tu boca confiesas que Jesús es el Señor, y en tu corazón crees que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo" (Rom. 10:9). ¿Qué confesaremos acerca del Señor Jesús? Confiesa la verdad, confiesa que Él está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, y cree que allí está, resucitado de los muertos. El Salvador resucitado es el Salvador crucificado. Tanto como el Cristo resucitado, encontramos al Cristo crucificado. De otra manera, no habría esperanza para nadie. Uno puede creer que Cristo fue crucificado hace dos milenios, y aún así morir en sus pecados. Pero aquel que cree que Cristo está en él crucificado y resucitado, tiene la salvación.

Todo cuanto tiene que hacer cualquier ser humano para ser salvo, es creer la verdad; es decir, reconocer los hechos, ver las cosas de la precisa forma en que realmente son, y confesarlas. Todo el que crea que Cristo está en él crucificado y resucitado, que mora en él por el poder de la resurrección, es salvo del pecado. Estará salvo mientras lo crea. Tal es la única y verdadera confesión de fe.

Qué gloriosa verdad, que allí donde el pecado abundó, allí está Cristo, el Salvador del pecado. Él lleva el pecado, todo el pecado, el pecado del mundo.

En el décimo capítulo de Romanos, como ya se ha dicho, vemos a Cristo viniendo a todo hombre mediante el Espíritu, "nuestro pronto auxilio en las tribulaciones" (Sal. 46:1). Viene al pecador a fin de proporcionarle todo incentivo y facilidad para que se vuelva del pecado a la justicia. Él es "el camino, la verdad y la vida" (Juan 14:6). No hay otra vida, aparte de la suya. Pero aunque Cristo viene a todo hombre, no todo hombre manifiesta su justicia, pues algunos "suprimen la verdad con su injusticia" (Rom. 1:18).

El inspirado anhelo de Pablo es que podamos ser fortalecidos en el hombre interior por su Espíritu, "que habite Cristo por la fe en vuestro corazón", "para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios" (Efe. 3:16-19).

En el pecador podemos ver a Cristo crucificado, ya que allí donde haya pecado y maldición, está Cristo llevándolo. Todo cuanto hace falta es que el pecador sea crucificado con Cristo, que permita que la muerte de Cristo sea su propia muerte, a fin de que la vida de Jesús pueda manifestarse en su carne mortal. La fe en el eterno poder y divinidad de Dios, que se echan de ver en toda la creación, pondrá esa verdad al alcance de todos. La semilla sembrada, no germina "si no muere" antes (1 Cor. 15:36). "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo. Pero al morir, lleva mucho fruto" (Juan 12:24). Así, quien es crucificado con Cristo comienza a vivir como un nuevo hombre. "Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí".

Ahora bien, Cristo fue crucificado hace unos dos mil años, ¿no es así? ¿Cómo pudo entonces llevar sobre sí mis pecados personales? Y también, ¿cómo puedo estar yo ahora crucificado juntamente con Él? Puede que no seamos capaces de comprenderlo, pero eso no altera la veracidad del hecho. Cuando recordamos que Cristo es la vida, "porque la Vida que estaba con el Padre, se manifestó" (1 Juan 1:2), podemos comprender más de ello. "En él estaba la vida, y esa vida era la luz de los hombres". "Aquel Verbo era la Luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo" (Juan 1:4, 9).

La carne y la sangre (lo que los ojos ven) no pueden revelar a "Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Mat. 16:16 y 17), porque "como está escrito: 'Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón humano, son las que Dios ha preparado para los que le aman'. Pero Dios nos lo reveló por el Espíritu" (1 Cor. 2:9 y 10). Ningún hombre, no importa lo familiarizado que estuviera con el Carpintero de Nazaret, podía reconocerlo como el Señor, sino por el Espíritu Santo (1 Cor. 12:3).

Mediante el Espíritu, su propia presencia personal, puede venir a todo hombre sobre la tierra, así como llenar el cielo, algo que Jesús en la carne no podía hacer. Por lo tanto, convenía que Él se fuese, y enviase al Consolador. "Cristo existía antes de todas las cosas, y todas las cosas subsisten en él" (Col. 1:17). Jesús de Nazaret era Cristo en la carne. El Verbo que era en el principio, Aquel en quien todas las cosas subsisten, es el Cristo de Dios. El sacrificio de Cristo, por lo que a este mundo respecta, rige "desde la creación del mundo".

La escena del Calvario fue la manifestación de lo que ha venido sucediendo desde que entró el pecado, y de lo que seguirá sucediendo hasta que sea salvo el último pecador que quiera serlo: Cristo llevando los pecados del mundo. Los lleva ahora. Bastó para siempre un acto de muerte y resurrección, pues la suya es una vida eterna. Por lo tanto, no hay necesidad de la repetición del sacrificio. Esa vida es para todos los hombres en todo lugar, de manera que quien la acepte por fe, se apropia del beneficio pleno del sacrificio de Cristo. Él efectuó en sí mismo la purificación de los pecados. Quien rechaza su vida, pierde el beneficio de su sacrificio.

Cristo vivió por el Padre (Juan 6:57). Su fe en la palabra que Dios le encomendó llegó hasta el punto de permitirle manifestar de forma repetida y enfática que, tras su muerte, resucitaría al tercer día. Murió en esa fe, diciendo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Luc. 23:46). La fe que le dio la victoria sobre la muerte, le dio también completa victoria sobre el pecado. Es la misma que ejerce cuando mora en nosotros por la fe, pues "Jesucristo es el mismo ayer, hoy, y por los siglos" (Heb. 13:8).

No somos nosotros los que vivimos, sino Cristo quien vive en nosotros, y mediante su propia fe nos libra del poder de Satanás. ¿Qué debemos hacer? Permitirle que more en nosotros de la forma en que Él ha señalado. "Haya en vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús" (Fil. 2:5). ¿Cómo podemos permitir eso? Simplemente reconociéndolo, confesándolo.

"Quien me amó, y se entregó a sí mismo por mí". ¡Qué expresión tan personal! ¡Soy el objeto de su amor! Toda persona en el mundo puede decir: "me amó, y se entregó a sí mismo por mí". Pablo murió, pero sus palabras siguen vivas. Eran ciertas al aplicarlas a sí mismo, pero no más que al aplicarlas a cualquier otro ser humano. Son las palabras que el Espíritu pone en nuestros labios, si consentimos en recibirlas. La plenitud del don de Cristo es para cada "mí" individual. Cristo no está dividido, pero cada alma lo recibe en su plenitud, tanto como si no existiera otra persona en el mundo. Toda persona recibe la totalidad de la luz que brilla. El hecho de que haya millones de personas que reciben la luz del sol, no disminuye en nada la que a mí me ilumina. Obtengo el pleno beneficio de ella. No recibiría más, si fuese la única persona que existiera en todo el mundo. Así, Cristo se dio a sí mismo por mí, tanto como si hubiese sido el único pecador que poblara alguna vez la tierra. Y lo mismo es cierto para todo pecador.

Cuando siembras un grano de trigo, obtienes muchos más granos como el primero, cada uno de ellos conteniendo la misma vida, y tanta de ella, como la que tenía la semilla original. Así sucede con Cristo, la auténtica Simiente. Al morir por nosotros, a fin de que viniésemos también a ser la verdadera simiente, nos otorga a cada uno la totalidad de su vida. "¡Gracias a Dios por su don inefable!" (2 Cor. 9:15).



21. No desecho la gracia de Dios; porque si la justificación se obtuviera por la Ley, entonces por demás murió Cristo".



Si pudiésemos salvarnos a nosotros mismos, entonces Cristo murió en vano. Pero eso es imposible. Y Cristo ciertamente no murió en vano. Por lo tanto, sólo en Él hay salvación. Es capaz de salvar a todos los que por Él se allegan a Dios (Heb. 7:25). Si nadie fuese salvo, habría muerto en vano. Pero ese no es el caso. La promesa es segura: "Verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Del trabajo de su alma verá y será saciado" (Isa. 53:10 y 11).

Todo el que quiera, puede formar parte de los frutos del trabajo de su alma. Puesto que Cristo no murió en vano, no recibas "en vano la gracia de Dios" (2 Cor. 6:1).


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