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Alonso T Jones-Dios y César

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Alonso T Jones-Dios y César

Mensaje por Admin el Lun Mayo 24, 2010 12:26 pm

Alonso T Jones-Dios y César
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En el caso de la iglesia judía contra los miembros de esa iglesia quienes eligieron creer en Cristo y enseñar la verdad concerniente a El, el principio es hecho perfectamente claro, que ninguna iglesia tiene autoridad, jurisdicción o derecho, tocante a la fe, o a la enseñanza de ningún miembro de esa iglesia misma. Hechos 4 y 5; 2a. Corintios 1: 24
Hay otro pasaje notable que no solamente ilustra esta total ausencia de autoridad, jurisdicción, o derecho de una iglesia, sino que también hace claro algunos principios adicionales de la gran verdad de la libertad religiosa.
Este importante pasaje es uno de los que contiene las palabras de Jesús, cuando los espías fariseos y herodianos vinieron a El con sus astutas preguntas, “¿Es lícito dar tributo a César o no? Con la mo-neda en su mano Jesús dijo: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? le dijeron: De César. Y les dijo: Dad pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.”
a- Aquí están reveladas dos personas: - Dios y César:

b- dos poderes- el poder religioso y el poder civil:
c- dos autoridades- la divina y la humana:
d- dos jurisdicciones-la celestial y la terrenal;
e- y solamente dos, a quienes por la instrucción divina, es todo adeudado, o es debido por los hombres.
Hay una jurisdicción y una autoridad, un poder y un derecho, que pertenece a Dios. Hay también una jurisdicción y una autoridad, un poder y un derecho, que pertenece a César.
Y estos son reinos totalmente distintos:
1- Uno que es de César; éste debe ser dado a César, no a Dios.
2- Uno que es de Dios; y éste debe ser dado a Dios, no a César. Este ha de ser dado a Dios solamente. No debe ser dado a César, ni a Dios por César.
Originalmente hubo, y últimamente habrá, sólo un reino, sólo una jurisdicción, sólo una autoridad, sólo un poder, sólo un derecho -ese es Dios solo. 1a. Corintios 15:24 - 28.
Si el pecado no hubiera entrado, no habría otro reino, ni otra jurisdicción, autoridad, poder o de-recho, que EL DE DIOS SOLO. Y aun cuando el pecado hubiera entrado, si el evangelio hubiera sido recibido por cada individuo que venía al mundo, entonces nunca habría habido otro reino o jurisdicción, autoridad, poder o derecho, más que el de Dios solo. Efesios 1: 7-10; Colosenses 1: 20-23.
Pero no todos recibirán el evangelio; y por tanto no todos reconocerán la soberanía, la jurisdicción, la autoridad, el poder, y el derecho de Dios. No reconocer el reino de Dios, voluntad, propósito y poder, lo cual es moral y espiritual, y lo cual hará moral y espiritual a todos quienes lo reconocen, éstos entonces, siendo pecadores aun fracasarán siendo ciudadanos. Por lo tanto, debe haber en el mundo una jurisdicción, un poder que hará a aquellos ser ciudadanos y quienes no serán morales. Y este es el reino, el poder civil, César; y esta es su razón de existencia.
En la naturaleza de las cosas hay solamente dos reinos y dos jurisdicciones: El moral y el civil, el espiritual y el físico, el eterno y el temporal; el uno es de Dios y el otro, es de César. Hay estos dos re-inos y jurisdicciones, y no más. Y ningún otro derecho puede existir. Uno de éstos es el reino y juris-dicción de Dios. El otro es de César.
Y siendo que por la palabra divina son dos, y estos dos son los únicos que pueden ser, entonces se deduce absoluta y exclusivamente que para la iglesia no hay reino ni dominio, ni imperio, ni jurisdic-ción, no hay lugar para nadie más.
Es por lo tanto perfectamente claro que sin suposición y usurpación, ninguna iglesia puede tener imperio o dominio, ni reino o jurisdicción. La iglesia no es de César; y sin suposición y usurpación es imposible para la iglesia ejercer la jurisdicción de César. El reino y la jurisdicción de César -el estado, el poder civil- es totalmente del mundo. La iglesia y todo lo que ella es, no es “del mundo”. De este modo es imposible para la iglesia sin suposición y usurpación, ocupar el reino de César o ejercer alguna jurisdicción en las cosas de César, las cuales son completamente de este mundo.
Siendo esto así, la iglesia con relación a César, ¡cuánto más esto es verdad de la iglesia con rela-ción a Dios! La iglesia no es César y no puede ser César. Mucho menos la iglesia es Dios y no puede ser Dios. Y no tiene otra intención más que la de asignarse tal término como “el hombre de pecado”, “el hijo de perdición”, “el misterio de iniquidad”, “que se sienta en el templo de Dios como Dios”, la iglesia que ha pensado ser el reino y sostener el dominio para ocupar el reino y ejercer la jurisdicción de Dios. No es otra a la cual se requiere hacer perfectamente clara la verdad que, para cualquier iglesia asumir que le corresponde ser el reino y sostener el dominio, ocupar el reino y ejercer la jurisdicción de Dios, es el máximo intento de arrogancia, suposición y usurpación.
Pero se preguntará, ¿no es la iglesia el reino de Dios? –Sí, ella es- con tal que por el término “iglesia”signifique solamente la divina concepción de la iglesia como está expresada en la palabra divi-na- “la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.” Cuando eso solamente es el significado en el uso de las palabras “la iglesia”, entonces de verdad, es el Reino de Dios. Pero cuando por “la igle-sia”significa solamente humanas concepciones, algunas sectas religiosas o denominaciones, algunas organizaciones mundanales, “organización” entonces es verdad, que ninguna iglesia en este mundo es el reino de Dios.
Pero suponga que tal cosa fuera realmente la iglesia y por tanto el reino de Dios; aún así, sería to-davía verdad que para ser tal cosa, podría ser solamente, siendo Dios el Rey allí. Y donde Dios es rey, El es Rey y Señor de todo y en todo. Dios nunca puede ser rey, en un reino dividido. El nunca puede compartir su dominio con otro. ¿Dirá alguien, que puede haber en realidad y en hecho un reino de Dios sin que Dios sea el rey allí, y rey en todo lo que está allí? No, Dios debe ser el rey allí, o no puede ser el reino de Dios. El debe ser el rey de todo y en todo lo que hay allí, o bien no es a la verdad y en hecho el reino de Dios. El reino debe ser ocupado por El, los principios deben ser los de El, el gobierno debe ser el de El, la imagen e inscripción deben ser la de El, y todo esto EXCLUSIVAMENTE, o bien, no es a la verdad ni en hecho el reino de Dios.
El alma y el espíritu del hombre como el hombre es en el mundo, como el mundo es, es un intento de usurpar el derecho del reino de Dios. Y por tanto para los perversos e incrédulos fariseos, Jesús dijo, “el reino de Dios está con vosotros.” Pero en la humanidad perdida ese reino es usurpado y ese reino es ocupado por otro. El usurpador está en el trono, ejerciendo jurisdicción que esclaviza, obliga y destruye. De este modo, mientras en intento y por derecho el reino es de Dios, con todo, en realidad y en hecho, no es de Dios, sino de otro. Sin embargo permita el hombre perdido y pecador solamente dar a Dios la bienvenida a ese extraño reino para que ocupe su lugar en ese trono usurpado y ejerza verdadera jurisdicción allí, entonces ese hombre en espíritu y vida, en realidad y en hecho, así como en intento y derecho, será el reino de Dios. Y es entonces el reino de Dios sólo como Dios sea rey de todo y en todo para ese hombre. Y así es con la iglesia.
La iglesia de Dios es verdaderamente el reino de Dios: ella es “la plenitud de Aquel que todo lo llena”; ella está compuesta solamente por los que son del Señor. Y El es rey y único gobernador en este, su reino. La jurisdicción es este reino suyo; los principios de su gobierno, y la autoridad y el poder del gobierno, son suyos. Y todo ciudadano será sometido a El solo; y esto es dirigido en Cristo, por el Espíritu Santo. Todo habitante de ese reino es súbdito a su jurisdicción solamente; y esto es dirigido en Cristo por el Espíritu Santo. Todo miembro de esta iglesia, la cual es el reino de Dios, es inspirado y movido por los principios que son suyos y provienen de El solo, y es gobernado por la autoridad y poder de El, y todo esto proviene de El por medio de Cristo por el Espíritu Santo. De manera que quien está en la iglesia de Dios de verdad, la cual es el reino de Dios, dé a Dios todo lo del corazón, del alma, de la mente, y de las fuerzas. También dé a César lo que es de César - tributos, costumbres, honor en su lugar- Romanos 13:5-7.
De esta manera es otra vez perfectamente claro y cierto, que entre Dios y César, no hay una ter-cera persona, parte o poderío reino o jurisdicción, a quien el hombre deba servicio. No hay mandato y obligación de Dios para servir a nadie más, a otro reino o dominio, a otro poder o jurisdicción, sino al de Dios y al de César - estos dos solamente. No hay imagen ni inscripción de la iglesia, ni tampoco para otro.
Y esto es decir solamente que sin Dios, y sin Dios en su lugar como todo y en todo, una iglesia es simplemente nada. Y cuando tal iglesia intenta ser algo, no es más que nada. Y en ambos casos nadie puede adeudar nada a ninguna iglesia.
Por otro lado, cuando la iglesia es verdadera con Dios, y cuando El realmente es para ella todo en todo, ciertamente ella es el reino de Dios. Y sin embargo, el reino, el dominio, la jurisdicción, la auto-ridad, y el poder, es todo de Dios y no de ella; de modo que todo lo que es adeudado es a Dios, no a la iglesia. De manera que es estricta y literalmente verdad que jamás en ningún caso nadie debe ser so-metido por alguien a la iglesia como tal.
Y de este modo contra ella es enfatizado que hay justamente dos personas, dos reinos, dos juris-dicciones, dos autoridades, dos poderes, a quienes cualquiera está en el deber de servir - Dios y César; estos dos y nadie más, y no otro.
Esto requiere, por lo tanto, que la iglesia ha de ser verdadera a su llamado, y en su lugar en el mundo, será absolutamente consagrada a Dios, tan completamente absorbida y oculta en Dios, que sólo Dios sea manifestado y conocido, en todo lo que ella es y hace.
En el sentido cabal del cristianismo es ciertamente verdad. Porque esto es precisamente el llama-do y la actitud del individuo cristiano en el mundo- de ser absolutamente dedicado a Dios, tan comple-tamente absorbido y oculto en El, que sólo Dios pueda ser visto en todo aquello que él es; “Dios fue manifestado en carne”. La iglesia es compuesta solamente de individuos Cristianos. También la iglesia es el “cuerpo de Cristo”, y Cristo es Dios manifestado, plenamente despojado a sí mismo. Y este es el misterio de Dios.
Y aquí es donde la iglesia, delante de Dios y delante de Cristo, pierde su llamado, y su lugar; ella aspira ser algo por su propia cuenta. No fue suficiente que Dios debía ser todo en todo. No fue sufi-ciente para ella que el reino, el dominio y la jurisdicción, la autoridad y el poder, la palabra y la fe, debía ser de Dios y solamente de Dios. Ella aspiró al reino por sí misma; el reino y la jurisdicción que de-seaba; la autoridad que podía ejercer, el poder que podía empuñar; la palabra que podía pronunciar; y la “fe”que podía dedicar.
Para satisfacer esta ambición y hacer tangible esta aspiración, ella rechazó a Dios y asumió, usurpó el reino y el dominio, la jurisdicción, la autoridad y el poder, que sólo pertenecen a Dios y a César. Y así ser por sí misma, ni Dios, ni César, sino a sí misma establecida, exaltada e intrusa, produjo confusión de cosas en las que solamente abundó la iniquidad y sumergió al mundo en su rumbo.
Y tal es la acusación que Dios hace contra ella en los siglos del Antiguo y Nuevo Testamento. La gloria y la hermosura, el honor y la dignidad, la autoridad y el poder, la atractiva y divina influencia, todo fue suyo y todo fue grandiosamente dado, y debido a que Dios habitó con ella y estando en ella - todo esto tomó para sí y aseveró que todo era para sí. Leer Ezequiel 16:11-19; Romanos 1:7-9; 2a. Te-salonicenses 2:2-3; Apocalipsis 17: 1-6.
Cuando Dios le dio la verdad y la fe para que fuera “predicada por todo el mundo”, en esto asu-mió que su fe había de ser la fe de todo el mundo y de este modo tomó sobre sí asignar y dictar “la fe”para todo el mundo y sostener que “la fe” a la cual estaba dedicada era la verdadera y divina.
Cuando Dios le dio su palabra en tal perfección y pureza para anunciarla, a fin de que cuando ella la proclamara, fuera como la voz de Dios, en esto ella se exaltó a sí misma para reclamar que su voz era la voz de Dios y que la palabra que había escogido hablar era la palabra de Dios, porque ella la hablaba.
Cuando Dios le dio tal perfección de verdad de tal manera; que la misma pronunciación de esa verdad fuera dada con toda autoridad, en esto asumió por sí misma tener autoridad para hablar; y por lo tanto, cuándo debía hablar, todos tenían que obedecer porque era ella la que hablaba.
Cuando Dios otorgó a ella tal medida de poder que aún los demonios se sujetaban a ese poder y obedecían a Dios, en esto asumió que le pertenecía el poder, y aún el poder para compeler a todos los hombres y naciones en todo el mundo, a que se sujetaran a ella y le obedecieran.
Así en todas las cosas se propuso ser una: la de percibir y mantener “una deliberada usurpación de ser igual a Dios.” Pero el tiempo habría de venir cuando cada persona y todas las cosas que podían ser la iglesia; o de la iglesia, nunca se debía de pensar en una premeditada usurpación de ser igual a Dios, sino que más bien debía pensar cuán vacía la iglesia debía estar de no hacer ninguna reputación, y tomar sobre sí la forma de siervo, y humillarse así misma, aún hasta la muerte de cruz; y todo esto, para que Dios pudiera manifestarse en su propia persona y Espíritu en ella, y por medio de ella al mundo.
El tiempo ha venido cuando ninguna iglesia debe invitar a los hombres a venir a sí misma, sino a Cristo solamente. El tiempo ha venido cuando la iglesia debe estar más que todo desinteresada en hacer manifiesto que no hay un tercer reino, dominio, jurisdicción, o poder, sino solamente dos - Dios y César, y cuando ella debe urgir en todos los pueblos la divina instrucción: “Dad, pues a César, lo que es de César, y a Dios, lo que es de Dios.
El tiempo ha venido cuando la iglesia en todas las cosas debe permitir este sentir que “hubo tam-bién en Cristo Jesús”, de no pensar en “estimar ser igual a Dios”, sino que totalmente se despojará de sí misma para que Dios pueda ser revelado; el Dios verdadero y viviente, y el todo en todo. El, sola-mente Rey y Señor de todo en la iglesia y a la iglesia, y esa iglesia “la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”.
Desde mucho tiempo atrás el estado y la iglesia usurparon la autoridad de Dios, y han asumido gobernar en lugar de Dios. Ahora el tiempo realmente ha venido cuando debe ser, así como cuando será oída en la tierra las preciosísimas palabras de las voces gloriosas en el cielo: “te damos gracias Señor Dios Todopoderoso, el que eres y que eras y que has de venir, porque has tomado tu gran poder, y has reinado.” Apocalipsis 11:17


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